sábado, diciembre 03, 2005

El regalo

Después de verle el cuero trazándole su costillar, sus ojos de muñeco parpadeantes y como si no le pertenecieran a su cara, inmóvil y barbada, sus testículos colgándole de la pelambre canosa como gotas gigantes y arrugadas a punto de lloverse, y librado ya el sacudón de su imprevista presencia en mi puerta, no supe atinar si traía hambre o sed o las dos cosas, si tenía frío o calor, o sufría de algo que los vivos podríamos remediar o, si a lo mejor, buscaba algo perdido tiempo atrás. De lo que sí estaba seguro era de que treinta y tres años después y mil quinientas millas de donde supuestamente lo enterraron en una tumba sin lápida, hoy, con una nevada del carajo enlechando a Nueva York, como Dios lo había traído al mundo y que de igual manera se lo había llevado, aparecía su aparición pidiéndome sin abrir los labios que fuera a la tienda a buscarle media caneca de ron, como regalo navideño. El estremecimiento me enmudeció y le dije sí y con permiso de un solo y sin decirlo, tal como, estoy seguro, se lo había dicho antes. Era él. Traspasé su cuerpo sin rozarle, sin sentir escalofríos ni tufos de muertos a punto de morirse y salí como alma que lleva el diablo. Al regresar volando como pecador buscando redención y con la de Palo Viejo en mis manos, Juanes cantaba su Camisa negra por enésima vez en el Windows Media Player. Él había desaparecido. Lo eché de menos por primera vez desde mucho antes que le agradeciera a Dios por habérselo llevado y jurado por mi santa madre que no lo extrañaría. Como en vida, no tuve tiempo para pedirle la bendición, ni él tampoco para echarmela. Esa Navidad me emborraché, tal como antes de morir y escuchando al Trío Los Panchos había hecho mi padre. Si me visita de nuevo en ésta, ya le tengo su regalo.

viernes, agosto 26, 2005

Jodida guiñada

Enamorarse es jodido por las esperas
y el esperar es jodido por el enamoramiento,
me dije cuando me flasheaste una guiñada
que me hizo sonreir por encima de los hombros
de los hombres que nos separaban.

sábado, agosto 20, 2005

Quién eres

Borracho por ti, carajo,
porque llamaste después de dos semanas
diciendo qué dices sin preguntar cómo estoy,
cómo laé pasao sin ti,
si textraño, si me haces falta,
después de la vez que contemplo tan cercana,
la vez contraria a tu voz,
que se quedó en mí como plegoste
y te pregunto y me pregunto
quién eres,
pues menos que la huella en mi espalda marcada
y adoloridamente gozosa,
recuerdo apenas quién eres.

Sobrio por ti, puñeta,
porque me escuchas después de dos semanas
adivinando qué diría yo y sabiendo quién soy,
y cómo las pasao sin mí,
que techo de menos, que no te ignoro,
después de la vez que atestiguo tan lejana,
la voz opuesta a tu vez,
que se quedó en ti tan nítida,
y te preguntas y me preguntas
quién eres,
pues más que el rastro en tu espalda marcado
y gozosamente adolorido,
recuerdo apenas quién eres.

jueves, agosto 18, 2005

Encrucijadas simétricas (o las lecciones de lucha libre)



De pie, de sopetón, inesperada. Una zancadilla derribó al que se agarraba entrecruzando sus dedos alrededor de la cintura resbalosa del otro.

En el piso, casi violentos, alternaron estudiadas volteretas, quemándose codos, rodillas, pechos y nalgas en la lija gramera.

Una full-nelson paralizó al otro quien le devolvió el castigo al cruzar sus piernas sobre la nuca de su oponente en tijera casi casi, pero nunca estranguladora.

El castigado, que no se sentía tal, lo imitó. Era lo que esperaban.

En sendas encrucijadas simétricas, sus cuerpos dudaron sobre el próximo movimiento, sobre la llave recién aprendida en la tele, sobre el camino a tomar en la lidia.

Se paralizaron.

Se olieron sus entrepiernas un largo y delicioso rato, suficiente para impulsar chorros sanguíneos para quemarles las ingles, hasta que la mamá de uno les gritó, despertándoles del sopor sudoroso, desde el balcón del tercer piso de caserío público, que qué carajos hacían marditos muchachos.

Estamos jugando, mami, le gritó su hijo.

Y el que no era su hijo, se dijo en silencio: ya me jodí con la mardita vieja.

Ese día se separaron sin querer, creyendo que lo que hacían era fruto prohibido, cosa de no hacer, como el tocar con los ojos y ver con las manos que les inyectaron en sus mentes sus abuelos y después: parientes y vecinos.

Al resumir sus prácticas, en su versión adolescente de lo visto y oído en los shows de la World Wrestling Federation, transmitidos por el cable robado al vecino, muchos atardeceres después del grito materno enbalconado y al terminar la escuela, volvieron a ser interpelados por las vecinas chillonas.

Ojo, se dijo uno, aquí son ellas quienes gritan, quienes gesticulan en alarma vecinal con alardes universales.

Ellos, por su parte, pensó agradecido el otro, nos animan, nos entusiasman, nos estimulan, y hasta nos sugieren y muestran con morisquetas las llaves y vueltas y zafones y trucos y posiciones que asumen y presumen nos gustan tanto como yo asumo les gustarían a ellos si fueran los revolcados y sudados sobre el césped.

Y con tanto coitus interruptus que les interrumpía su conectividad sensual, se animaron a practicar solos sobre la yerba pangola en la vega del río, donde ni las madres chillonas ni las bochincheras del barrio ni los altaneros y bulliciosos hombres a quienes, a decir por sus sonoras carcajadas y dramáticos jadeos, les complacían aquellas sexuadas posiciones y que copiarían y practicarían entrada la noche con sus parejas, interrumpirían sus ensayos.

En la guardarraya de la juventud y la adultez se dislocaron. Y así como así, no volvieron a verse hasta el sol de hoy: diez años después.

Uno llegó a ser luchador. El otro, diseñador.

Corpulentos y guapos, recordando sendos olores entrepiernosos que de chicos les dispararon sus vidas hacia senderos de insospechados encuentros, supieron, que el juego recordado ya no era: ésta vez lo tantas veces ensayado, se iría y se vendría en serio.

Estaban listos. Sabían que se habían amaestrado lo suficiente.