domingo, enero 30, 2005

Ratas vengativas

Todo empezó cuando los pobladores de la naciente aldea talaron los bosques del valle para abrir la selva hacia los cielos y contruir sus casas. Quemaron los pastizales para abonar de cenizas el suelo. Siendo el maiz el producto que por tradición milenaria más conocían, que más comían y procesaban, sembraron los campos con las semillas que se salvaron, junto a un par de quintales de frijoles, siete cerdos y veinte gallinas, después que veintiún kilómetros más abajo, el arroyo seco se convirtió en torrente pantanoso, arrasador de cultivos, destructor de casas, matador de inocentes, ahogador de animales, y constructor de un pedregal de piedras blancas rodeadas de arena movediza donde ni la yerba mala crecería.
Mientras las milpas crecieron rociadas por los refrescantes aguaceros y energizadas por el sol caliente, se alimentaron, primero con lo poco que el Gobierno les ofreció por la emergencia y, cuando ésta se redujo a latas de conservas con fechas expiradas, de frutos de la tierra que, a pesar de conocerlos desde antaño, habían sido despreciados como comida para chanchos, ensalada para gallinas, teses para niños enclenques, preñadas anémicas y ancianos febriles.
Cuando al Gobierno se le acabó el pisto, la ayuda internacional se desvió a otro país víctima de otra catástrofe natural, los periodistas dejaron de escribir y los televisores ya no mencionaban los infortunios del poblado que otrora se levantó de las cenizas, empezaron a hundirse los ojos, a encogerse los abdómenes, a esculpirse los costillares y a profundizarse las arrugas. Se alentanaron los pasos. Se alargaron las esperas por las noches causadoras de olvidos y silenciadoras de bocas hambrientas.
Pronto el maizal empezó a elevar su polenaje ante la leve brisa y, en meses, mazorcas grandes y pomposas brotaron como milagros vallecanos. La primera vendimia motivó una fiesta de acción de gracias, la primera después de la catástrofe, la última antes de la siguiente.
En semanas, las ratas se multiplicaban sin control. Se creían las dueñas de la aldea. Los pesticidas importados mataron las culebras, los gatos y los perros. Pero no a las ratas. Como no pudieron importar culebras, los pobladores importaron gatos. Los gatos se alimentaron de las ratas, multiplicándose sin control. Ésta vez se creyeron los reyes de la aldea. Entonces a alguien se le ocurrió importar perros, que mataron los gatos que mataban las ratas. Los canes se multiplicaron. Era una aldea de perros.
Unos querían abandonar el campo, mudarse de aquel valle canino y establecerse en otro. Hoy a la sombra de un arbol centenario, esperan ansiosos a unos empresarios extranjeros que quieren establecer en la flamante aldea, una fábrica de comida para perros.
© 2005 José Oquendo

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