domingo, marzo 27, 2005

La Pesadilla

Desde la majestuosa puerta de la catedral de estilo gótico y proporciones armoniosas podía verse en contraposición, sin mucho esfuerzo y a una cuadra al norte, un edificio comercial moderno, con esqueleto de acero y piel de cristales ahumados. Hace muchos años, como turistas comunes, mi cuñado, maestro de construcción en un pueblo del centro de Puerto Rico, y yo, arquitecto frustrado, tomamos fotos de varios ángulos de tan monumental ejemplo de arquitectura eclesiástica. Recuerdo que una las fotos esbozaba la silueta oscura de la entrada de granito enmarcando las estructuras de la cosmopolita y variopinta Quinta Avenida. El número del edificio era 666. Visto desde la Catedral de San Patricio, éra motivo de curiosidad de algunos prestos a asociar ideas. Mi cuñado, de fe evangélico, es uno de ellos. A él se le ocurrió aquella toma fotográfica, de la cual me había olvidado hasta esta madrugada, cuando me desperté incómodo para sacar de entre las sábanas la novela La sombra del viento y un viejo álbum fotográfico donde aparece la vieja y amarillenta foto donde ahora el edificio ya no tiene el 666 en su fachada y bajo la puerta de la catedral, aparece la figura de un hombre, vistiendo como vistió el personaje antagonista de la novela de Carlos Ruiz Zafón. Bajo el sombrero que oculta su deforme y luciferina facha, fumando está un cigarrillo de humos azulados entre las sombras del que ahorita me llega su olor inconfundible por la ventana abierta a la primavera mañanera. Al despertar del sueño del que creí haber despertado, desperté de la pesadilla y escribí esta nota.
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sábado, marzo 19, 2005

Aprendiendo a amar

Yendo y viniendo a clubes gays y straight, conciertos de rock y jazz, fiestas improvisadas y familiares, restaurantes gourmet y barriales, aprendí del ambiente rumbero y decadente de un ser que seguía de cerca y hacía cualquier cosa, hasta sacrificar el pago de alquiler o del seguro del auto, para ver a los Rolling Stones, Grateful Dead o a Elton John, de las mentiras y verdades de la gente, de lo que dicen de la boca para afuera y lo que realmente quieren decir, de los goces y decepciones de las aparentes noches íntimas de la pareja feliz que encuentran una esquina en el imaginario de las amistades.
Lo que no aprendí fue a comprar mariguana o cocaína o manejar borracho y a no dejar de trabajar porque amenecía apestoso a alcohol y a humo y con una jaqueca del carajo. Lo que aprendí fue a nunca jamás sacar tarjetas de crédito en su nombre y mucho menos dejar ir sólo al codeudor a Toronto o a South Beach con la American Express compartida.
Eso fue lo que aprendí y no aprendí del primero.
Han pasado años y el gringo sigue, según supe, con los vicios que de él no aprendí. Lo ví en el velorio de su madre. Se tambaleaba entre una pierna y otra, como bailando un exótico baile, siguiendo su propio ritmo. Delgada y arrugada su cara estaba, enmarcada con una melena rubia con rayitos blancos para disimular los años que se le dejan ver entre las sienes.
Creo que fuí la puerta con la que descubrió la tentación étnica, caliente y acogedora, de lo diferente a su piel y a su idioma. Siempre expresó abiertamente su debilidad por los cuerpos bronceados y oscuros, los que se le entregaban en tardes de caminatas por el parque Metropolitan, o en noches íntimas de olor a velas en su apartamento.
—Landscaping alert! Landscaping alert! —gritó a todo pulmón cuando vió por la ventana a los inmigrantes bronceados y sudorosos acondicionar el jardín del edificio donde rentaba yo el apartamento donde vino por unos días y se quedó por varios años.
Cuando ya no pude aguantar más, lo dejé llorando en la cama. No cambié mis planes de ir con mi familia a Atlantic City, en lugar de darle dinero para su maldito polvo.
—Creí que tu amigo iba con nosotros, —me dijo mi madre quien había llegado de Puerto Rico conmigo para pasar unas semanas de asueto, y quien unos días antes quedó admirada al ver el apartamento lleno de jarrones de lirios de verano y olió el Pinesol en el baño, que él esmeradamente había limpiado, creo que por tercera vez en un año.
—Está postrado en la cama, cansado, y no quiere salir —le mentí y todo quedó aclarado.
Después de mí llegó un colombiano, un guyanés, un haitiano, un mexicano, un salvadoreño, y ahora, ahora no sé, pues después del tambaléo cadencioso que le ví bailar en el velorio, y eso fue hace un año, ya no le he hablado ni visto más. Ni ganas.
Conmigo han estado un guanaco amante de la farándula y los chismes, un catracho amante del fútbol y de la cerveza, un uruguayo amante de Nueva York y de su familia en Montevideo, un poblano amante de karaoke y las carreras de larga distancia, y un chapín que sólo piensa en sexo cuando no quiere pagar por una puta. "Haz convertido el apartamento en una sucursal de las Naciones Unidas", me dijo La Mama.
El domingo pasado visité a mi hermano, el evangélico. Él y su esposa me habían invitado a una fiesta cena para celebrar la graduación de secundaria de su hijo mayor. Me chocó ver sobre la mesa tracera del sofá una foto del que fuera mi amigo y yo, sonriendo y abrazados en otros tiempos, ocupando un lugar preponderante no ganado.
—Puedes creer que no tengo ninguna foto de los dos juntos —le dije a mi cuñada, mientras le ayudaba en la presentación de la mesa.
—Si quieres, te la puedes llevar —me dijo. —A tu hermano no le gusta... —Me la llevé a casa antes de la medianoche.
Con el extractor de aire del baño encendido, le prendí fuego con el mismo fósforo que encendí el mariguano que me regaló el argentino que me esperaba inquieto de placer en mi cuarto.
Al otro día, me fuí a trabajar, como si nada hubiera pasado.
© 2005 José Oquendo

miércoles, marzo 16, 2005

Cuestión de tiempo

A segunda vista y por unos segundos, noté mucho más que lo visto a primera vista por quince minutos. Y es que en la segunda no lo esperaba, solo apareció como un celaje conocido, cruzó la calle, me miró, le toqué la bocina, me hizo así con la mano y me sonrió como en la primera. Se alejó sin mirar atrás. En la primera, nos estudiamos por un rato entre mucha gente, se acercó donde yo doblaba la ropa y le busqué conversación. Ví en sus ojos el brillo emanado al encontrarse lo que se busca. Él vió en los míos la ansiedad que de ellos brotaban y quise pensar que nos prestamos atención mutua. Le dí mi tarjeta con mi número, le dije que necesitaba ayuda para pintar el departamento, pero que me esperaba un amigo en Westbury en una fiesta y se me estaba haciendo tarde. Oh, sí le dije que me vivía solo, que me gustaba cocinar y, por si acaso, que sabía suficiente de fútbol. Ni una llamada. Después lo busqué varias veces en el mismo lugar y a la misma hora mientras hacía lo mismo. Nada. Sólo la ilusión de algo deseado que me aguaba la boca. No doblo a la derecha ni insisto en darle un aventón. De ser este el segundo día después de conocerle por primera vez, no lo hubiera pensado dos veces. El carro de atrás me recuerda con un bocinazo que he estado mirando por demasiado tiempo a quien se aleja por segunda vez, y que la luz del semáforo ha cambiado hace tres segundos. Pienso que habrá una tercera vez y un tercer lugar en que me atreva por vez primera a no ignorarlo más.
© 2005 José Oquendo

domingo, marzo 13, 2005

La Consulta

"El problema con estos hispanos es que se creen que se las saben todas. Vea usted, el otro día mi médico cubano me mandó al laboratorio del hospital, donde hay un técnico boricua que supuestamente habla español, para que me hicieran unas pruebas de sangre. Como no sé buen inglés, usted sabe, mi mujer es la que sabe buen español, aunque es americana de upestate, tuve que esperar a que el tipo llegara de su bréic para que me atendiera. En muy mal español como todos los boricuas, bueno no todos pues con usted me entiendo muy bien, me dijo con una vocecita de marica anochecido que tendría que esperar a que el flebotomista... o como carajo le llamen a los que sacan la sangre, llamara mi nombre. Tuve que esperar como quince minutos más en el salón de espera, en medio de unas salvadoreñas preñadas, las conocí por el acento, sí, eran de esas con redecilla blanca en la cabeza y falda hasta las rodillas, y unos carajitos jugando en el piso que terminaron causándome un dolor de cabeza del hijoeputa. Imagínese a las preñadas tratando de controlar los diablitos. Deberían mandar a todas esas guanacas a parir al carajo. ¿Sabe que así le llaman? Me tocó una negra que parecía haitiana, y me clavó la aguja hasta el hueso, la bruta. ¡Saque la mierda de aguja, negra de mierda! le grité, y la sacó toda nerviosa y salí enfurecido de aquel matadero, con mi brazo sangrando por el pasillo. Los indios de mierda, los cholos y chapines que atienden el parqueo, se tardaron como diez minutos en traerme el Jaguar dorado. Imagíne usted, pagando baléparking y tuve que esperar en plena nieve. Ni les dí propina a los pendejos, no se la merecían. En el parkway casi choco con un dominicano, tenía que ser, reconocí la bandera colgando del espejo retrovisor y escuché la bachata saliendo de los parlantes cuando me gritó dónde te dieron la licencia, primo. Llegué a casa furioso y la sirvienta mexicana que tenemos me dice: Señor, disculpe pero los limpianieves catrachos no vinieron hoy, por que la migra hizo redada ayer frente al Dunkin Donas y tienen miedo a salir a trabajar... Maldito país, lleno de gente incapaz, ingrata y malagradecida... Disculpe la verborréa, doctor, pero es que estoy totalmente estresado... Para colmo, ahora mi esposa me amenaza con el divorcio."

—Toda la babosada, como decía mi madre que en paz descanse, y que mi padre, el negro de Santurce le decían, la imitaba con acento salvadoreño y todo sus ademanes cuando no le dejaba hablar, todo, te lo juro, lo dijo en un santiamén. En todos los años que llevo practicando en Long Island, que ya es mucho que decir, no había visto un caso tan fácil de resolver, pero le sugerí al desgraciado el tratamiento menos severo. Mientras descansaba su cuerpo, que de paso no estaba tan mal el condenao, en el diván de consulta, con voz serena y firme, e imitando a La Mama, ¿la conoces?, la loca más regia que jamás haya pisado los bares de Jackson Heights, si aparece por aquí te la presento... Anyway, le recomendé al tipo, casi cosquilléandole al oído que se regresara a su país y que si experimentaba algún alivio después de unos meses de estadía, hiciera todo lo posible por quedarse por allá. To make a long story short, le tiré una guiñada y él me devolvió una mirada despreciable, que si las miradas mataran... Creo habérmelo quitado de encima. Mira, si no le temiera a las demandas legales por mala praxis, te juro, que le hubiera aplicado la mejor medicina para tan horrible mal: mandarlo a la verga después de tumbarle los dientes de una galleta. Pero, no quiero aburrirte con mi shop talk. Dime, ¿es la primera vez que vienes a este antro? ¿Quieres otro aguardiente?
© 2005 José Oquendo

sábado, marzo 12, 2005

Disparate amoroso en la mitad de la vida

¡Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble que es amarse a sí mismo!
- Jaime Gil de Biedma

Que busquen todos al pasar la playa
mis huellas cavadas
que es todo lo que dejaré de mí
al oleaje caribeño engullidor.

Claro, si es que no quieres extenderme en tí
y revolcarnos en socavaciones profundas
para que los que busquen al pasar la playa
se asomen al filo de cráteres de arena
que forjamos en noche lunosa
de cangrejos ciegos espiando
y peces boca arriba fingiendo siestas,
testigos mudos del fragor abrupto
que inició una vida cambiándola
por los años de los años, amén.

Pero si quieres no lo quieras así
y como pecesito boca abajo
sin fingir duermevelas
dáme masajes de escamas resbalosas
y sacude tu pegajosa cola en mí
así de sopetón, tan ligero como relámpago
en día soleado,
tan doloroso como aguijón
en mis pies andantes de arenales,
tan gustoso como frijol en tiempo de hambre.

Luego lárgarte de una vez,
sin mirar atrás, que la maldición
de la estatua de sal es cierta.
Hazlo ahora que hay tiempo de sobra
para los dos por delante
y dulzor empalagoso suficiente
para no amargarme la vida con la tuya
ni tú con la mía.

Que aún quedan esperanzas
de encontrar quizás, a lo mejor mañana
cuando me despierte el sol
acariciador de espaldas,
otro dispuesto no a gozarse
al romper trémulo mi costillar
y sí a extenderse en mí,
que es lo que te pedí siempre,
para juntos cavar hondonadas
con plenos revolcones de espasmos en mutua gozadera
hasta demayar babosos, fatigados,
como caracoles muertos.

Que los que busquen al pasar la playa
nos vean desde el filo de la arena
y clamen un ámense carajo
hasta que surque el tiempo arrugas
y pinten las caras manchas
y bucles de gracia sienes grises
y la esponja osar de poros se llene
y crepiten las rodillas endebles y enmohecidas
y la mirada se nuble de cerca con fantasmas
y se aprecien en lejanías vientres abultados
y pechos como jardines colgantes cuelguen
y hasta se olviden sus nombres que juraron recordar
y a tientas se descubran una a una
las efímeras cosquillas que el final les guarda.

Que para eso nacieron,
ámense carajo,
por los siglos de los siglos, amén.

© 2005 José Oquendo

viernes, marzo 11, 2005

Ensayo Sobre la Súplica

—Los que todavía no habían sucumbido a la maldita plaga de su invención, conspiraron para abandonar la ciudad en carros y caminones. Cuando se les acabó el combustible se alejaron a pie, dejando los hijoeputas vehículos en plena vía. Ahora, ni las ONGs más humanitarias, de las que usted es tan fanático, pueden socorrernos. ¡Esta foto de los vehículos a la salida de la ciudad es apenas una muestra de la crisis que usted ha creado en nuestra otrora tranquila comarca! ¡Cómo se le ocurre, carajo! —enfatizó amenazante la única mujer que nunca perdió la vista, mientras le mostraba la fotografía que tomó y que serviría de inspiración para un concurso de cuentos breves que convocó la BBC Mundo, años después de la publicación del libro bestseller. —¡Tiene que inventarse algo más original, señor Saramago!

© 2005 José Oquendo

domingo, marzo 06, 2005

Sonrisas perfectas

No lo conozco. Bajo el umbral de la bodega Los Primos, mete el dedo gordo izquierdo en una trabilla del pantalón y me deslumbra con lo que parece es una réplica de un Rolex. Con la misma arrogancia que supongo le colgaría meses atrás y a miles de kilómetros al sur un machete reluciente le pende del cincho un diminuto celular. Los jeans apretados, no flojos como los que viste la mara, le acarician sus fornidos muslos como una segunda piel azul. Unos pelitos negros le brotan del cuello desbotonado de su camisa a cuadros, cadena y crucifijo dorados incluídos, tentando mi mirada que se desliza vertical sin que, creo, se dé cuenta. Compra boletos de lotería instantánea y pela con una disposición ceremoniosa cada espacio plateado revelando los números en los que deposita su suerte o en los que mata el tiempo. No sabe si ha ganado a no.
—¡Otro millonario! —exclamo. Me devuelve una sonrisa perfecta, sin frenillos ni dientes de oro. Agarro el paquete de seis oculto en una bolsa negra de plástico que le he pedido al dependiente, como para que al llegar a mi edificio los chismosos no me vean subir la cerveza.
Le pasa el cartón al bodeguero quien le dá una rápida ojeada y, sin confrontarlo ante la máquina de lotería, le dice nada primo.
—Pero, páselo por la máquina, primo —insiste. El bodeguero pasa el ticket, confirmando la pérdida.
—Nada paisano.
Vuelvo a mirarlo de arriba abajo. Esta vez parece notar mi dirección visual. Encoge los hombros y se hace a un lado. Pido mis acostumbrados cinco pesos de lotería quick-pick al bodeguero, me meto en una conversación limitada sobre el alto edificio que levantan al otro lado de la calle. Recito en español lo que he leído en la prensa en inglés sin prestar atención a lo que digo.
Admiro de reojo su espalda ancha y las piernas abiertas como moldeadas por la montura de una jaca, cuando de dirige a los estantes. Los casquillos bajo las botas de vaquero suenan por encima de la bachata que Aventura canta en los parlantes. Regresa con cuatro plátanos maduros, de los de a peso, una lata de frijoles refritos Ducal y una bolsa de tortillas El Gordo.
—Ya me dió hambre, amigo —digo. Me entrega una segunda sonrisa.
Sé que esta vez me estudia, quizás pensando que álguien como este hombre de mediana edad, por su facha parece que tiene su buen trabajo, apartamento propio y carro. Si eso es lo que piensa, no se equivoca. Paga, agradece, dá las buenas noches y se retira antes de mirarme, picarme una guiñada y obsequiarme con la tercera sonrisa que le devuelvo.
Anda a pie. Yo también. Me he dado unas cervezas. No he querido manejar. Vivo cerca. Quizás tan cerca como quien ahora aliviana el paso, mira atrás y sonríe. Le pelo el diente. He dejado de contar sonrisas, son parte integral de su faz.
—Parece que somos vecinos, amigo... —dice mientras huelo los orines que se evaporan del suelo y veo de reojo las imágenes de santos que adornan las ventanas del callejón que encoge el trayecto a mi edificio.
—Así parece.
—Usted lleva la comida y yo la cerveza.
—Para más tarde, cuando me dé hambre... Ahora tengo sed.
Sin pensarlo dos veces lo invito a pasar por mi apartamento. Me asombro que mis ingenuas palabras funcionen. Le extiendo la mano. Me la aprieta con entusiasta energía. Le digo mi nombre, mucho gusto; me dice el de él, el gusto es mío. Como mis vecinos cargan paquetes de mercado por la puerta de entrada, subimos por las escaleras laterales hasta el tercer piso, evitando el ascensor.
—Bienvenido a mi cueva.
Mira adentro y me dice que no es cueva y sí palacio. Las cortinas livianas color azafrán acentuadas por el crepúsculo sentado sobre la ciudad escuchan su voz y se balancéan alegremente, movidas por la brisa ligera que entra por la ventada abierta al abrir la puerta.
Cómodos, hablamos de fútbol primero: vistió la camiseta de un equipo de segunda en Honduras. Luego, del trabajo: él es obrero de construcción; yo, técnico de higiene dental. Inevitablemente, hablamos de mi estado de soltería, de su esposa y sus tres hijos en San Pedro Sula y de la banderita del arco iris, apropiadamente emperdiblada frente a uno de los parlantes del estéreo. No quiero sonar pedante. Lo escucho con atención a sus detalles y cada vez que le miro la profundidad de sus ojos negros enmarcados en largas pestañas, admiro más su masculinidad.
Al terminar el paquete de seis en un santiamén, se ofrece a comprar más. Regresará. Deja su bolsa sobre mi mesa. Aunque insisto, no me toma el dinero que le ofrezco. Está bien, pienso, creí que lo necesitaría. Parece que lo de tomar solo no es tan suyo como es tan mío. Oteo desde la ventana cuando mira sonriente hacia el tercer piso antes de agarrar el teléfono y doblar la esquina. Pongo la carne adobada sobre la sartén caliente. Me doy un baño ligerito, por fuera y por dentro, me perfumo, me cambio y, cuando voy saliendo, escucho el timbre. No ha dejado de ser el mismo tipo sonriente que conocí en Los Primos.
Enciendo la televisión y le extiendo el control remoto, mientras le pido que me dé unos minutos para terminar la ensalada. Lo miro curioso desde la cocina. Se escucha una cumbia digital. Contesta el móvil con un «ahora no puedo, llámame mañana en la tarde.» Su mirada atravieza la puerta que nos separa. Ahora, vé las noticias. Regreso con sendos platos de bistec con zetas y romero, y ensalada de aguacates, tomates y pepinillos que coloco informalmente en la mesa.
—Parece que tiene muchas películas usted...
—Sí de todas clases... ¿Te gusta el cine?
—Creo que me gustaría... nunca he entrado a ninguno. —No me extraña: aún se le nota la curiosidad fresca del recién llegado. De seguro que todavía no ha visitado la Estatua de la Libertad o el Empire State Building. Creo que ni sabe tomar el Long Island Rail Road, mucho menos el subway.
—Bueno, si quieres podemos inventar un viajecito, aunque lo que es hoy, aquí me quedo, quiero descansar... —le digo entre un bocado y otro.
—Gracias, yo tampoco pienso salir esta noche. A lo mejor mañana voy por Hempstead... ¿Conoce Hempstead?
—Sí, hombre. ¿Cómo no? Allí viví unos años antes de mudarme para acá. —Aparte, pensé sin decirle, llevo veinticinco años en Long Island. Aquí todo el mundo conoce Hempstead.
—Yo he ido a unos clubes de chicas peladas por allá, pero no es el tipo de ambiente que me gusta.
—Eres más tranquilo, me imagino.
—Pues, sí. Total, que sale uno todo mojado y caliente, sin un centavo, y termina pajeandose. —Interesante, me digo. Habla abiertamente, como me gusta que hablen los hombres abiertos.
Sin que se lo pida, limpia la mesa y se va a la cocina a lavar los platos.
—No debes hacerlo —le digo al acercarme. Él insiste. Le ayudo a secar los platos.
Hasta ahora todo va bien, pienso. Pocos hacen lo que éste hace. Los he visto plantarse en el sofá, adueñarse del control remoto, pedir cerveza como si mi piso fuera cantina de barrio, quejarse de la comida, poner música sin permiso y cantar rancheras de Vicente Fernández y corridos norteños a plena voz, gritar como si mi espacio fuera palenque, quemar la alfonbra con cenizas de cigarrillo y hasta escupirse en el piso. Éste, hasta pide permiso para usar el baño.
No le gustan las telenovelas, apunta. Tampoco los vagos ni los borrachos ni la mal higiene ni la halitosis. Tenemos mucho en común, concluyo.
Insiste en que le ponga alguna película. No sé cuál preferiere y le pido que escoja. Me dice que no las conoce, mientras revisa los títulos de mi colección de filmes latinoamericanos. Se acerca a la consola donde oculto algunos DVDs. Me arrodillo a su lado. Huele a limpio, su pelo es lustroso, azabache y rizado, dedos toscos y gruesos, uñas cortadas y lustrosas. Me yergo. Le miro su espalda, ancha y ajena, y me la imagino desnuda y mía. Me contengo. No tan de prisa, me digo.
—¿Y las que están al fondo, son buenas?
—Pornográficas, —digo. —De sexo, de mujeres —corrijo, esperando que no se dé cuenta de las que no son de mujeres y escondo en lo profundo del cajón.
—Pongamos una...
—Si quieres...
—Pues claro que quiero...
Y coloca una y me pide que le ayude a buscar la mejor escena. Le muestro cómo adelantarla con el remoto. Un segundo después lo hace sólo. Y la detiene y empieza justo cuando la mujer se la está sacando al hombre. Lo miro de reojo. Se concentra en el espectáculo.
Minutos después de un silencio cómplice, veo que se estruja el entrepierna. Erección a la vista.
—¿Y usted puede hacer eso...? —me pregunta de golpe.
Le digo que sí, bajamos la luz y pasamos juntos la noche entera.
En la mañana me despierta una mezcla de aromas lejanos. El café colándose, las tortillas calentándose y el sonido bailarín de los plátanos amarillos friéndose en la estufa. Me le acerco y miro su espalda desnuda, morena y ancha, la que hace unas horas fuera mía, entre otras cosas suyas. Comimos. Entre bocado y bocado me sonríe. Sonrío. Me recuerda lo bien que la hemos pasado. Daría cualquier cosa, bueno, no cualquier cosa que ya no halla dado antes, por repetir tan inolvidable momento, me digo. Estoy contento. Su sonrisa perfecta me ha contagiado. Creo haber ganado la lotería.
Antes de abrir la puerta para partir, se vuelve. Suena alegre la cumbia del celular. Lo apaga con la mano de su fulgurante Rolex falso. Sorprendiéndome me abraza, me mira a los ojos y con la misma sonrisa perfecta de ayer, de hoy y, sospecho, que de siempre, sin frenillos ni dientes de oro, me espeta la pregunta:
—¿Me podrías prestar quinientos pesos para la renta?

© José Oquendo

sábado, marzo 05, 2005

Antes de caer al suelo

Parecía estar dormido bajo la tenue luz de las velas, cuando lo ví como si lo viera por primera vez: maquillado para esconder los moretones que le causaron los fallidos procedimientos médicos para salvarle la vida, con su bigote y cabello bien acicalados, hasta mejor vestido, como si fuera a una cita con álguien importante.
Siempre he sentido un no sé qué al asistir a velorios. Por eso los evito. Como la funeraria queda cerca del hospital donde trabajo y el horario del velatorio coincidía con mi salida, no me pude negar a asistir, por aquello de ofrecer los últimos respetos y de expresar mis condolencias a sus familiares por tan irreparable pérdida de álguien a quien yo había conocido en vida y que conocería un poco más de muerto.

Entré a la capilla y un escalofrío me entró por la cabeza y estremeció por unos segundos el cuerpo. Me acerqué a la hermana del muerto, le dí un beso mejillero y cuando quise decirle algo, no me salieron las palabras. Me miró a los ojos agradeciendo mi presencia.
Frente al ataúd rodeado de exóticas flores, terminé entre dientes y de pie una oración inventada. Los que me antecedieron y siguieron se persignaron y oraron de rodillas, gestos para mí perdidos en los recovecos antiguos de mi infancia, aunque en un instante recordados como las recitaciones de avemarías y padrenuestros.
Firmé en el segundo libro de condolencias, el primero estaba lleno de nombres de personas que le conocían o de quienes como yo, cumplían
con la costumbre protocolar de darle una última mirada al muerto, aunque de vivo pocos se enteraron que estaba irremediablemente al borde de la muerte.
Una exposición de fotos improvisada en una de las esquinas de la capilla mostraba a un vivaracho y sonriente joven lleno de vida, con pelo largo, bigote descuidado y camiseta y gorra de los Yanquees. Como hombre, se veía interesante, hasta guapo.
—Tendría cuarenta y pico, mi edad, —me dije.
—Nunca se casó ni tuvo hijos, —me dijeron gente que yo no conocía pero presentí me conocían.
Creí que estaban diciéndome: tú tampoco.
Como aparte de la mía en el recinto fúnebre no había más caras vivas conocidas me acerqué a la hermana del muerto, para despedirme, después de que ella terminara de ser besada, abrazada y consolada por media docena de personas frente a mí.
—Muchas gracias por venir, —me dijeron a dúo, obviamente compungidos mi compañera de trabajo y su marido, quien ahora estaba a su lado y no reconocí de inmediato. Han pasado muchos años desde que él me preguntó a bocarrajo en una cena, dónde había dejado mi novia. Poco después dejé de socializar con ellos.


En el trayecto de la autopista que conduce a mi pueblo, mientras me sumía en una rara sesión de música clásica en la radio, me pregunto cuántos de mis familiares, amantes, amigos y conocidos de quienes no sé nada en estos momentos, se darían cita para ver las pocas fotos decentes que les quedan de mí, firmar el libro de condolencias y orar frente a mi cuerpo exánime.
Por mucho tiempo, una vez al año me reúno a regañadientes en casa de uno de mis familiares para comer pavo en Nochebuena y para intercambiar regalos. Ellos, perdonen mi sinceridad, intercambian chismes. Acostumbro despedirme temprano. Hay que darle chance para que hablen de mí. ¿Que cuántos años tiene? ¿Que por qué no se casa? ¿Será marica? Las preguntas de rutina, que son las que no he querido escuchar de sus labios. Porque nunca las escucharán salir de los míos sobre cualquiera de ellos, no se atreven preguntármelas. Sé que conocen las respuestas y que les causa divertimiento compartirlas cuando ya no estoy.
A los pocos amigos de mayor confianza los veo en Año Nuevo en un bar o discoteca de Queens, lejos de donde vivo, donde nadie de mi familia se aventuraría a entrar ni por equivocación. Sé que es así, pues a mí también me costó mucho y no en dinero entrar. Con algunos salgo semanas después. Pero nos olvidamos unos de los otros hasta que se acerca el próximo Año Nuevo. Luego nos disculpamos por perder los números de teléfono. Solo uno que vive cerca de mí me llama y, cuando puede, me visita y la pasamos en grande. Estoy seguro que acudiría a la cita final, de eso estoy seguro, aunque no se lo he preguntado.

—¿Qué tal si te atrevieras a preguntarles? —me pregunté.
En el preciso instante en que salí volando al romper el parabrisas después de que el carro se deslizó veloz sobre el hielo negro y chocó con el muro de contención, supe que nunca no lo sabría con certeza. Había muerto antes de caer al suelo.

© José Oquendo