sábado, marzo 19, 2005

Aprendiendo a amar

Yendo y viniendo a clubes gays y straight, conciertos de rock y jazz, fiestas improvisadas y familiares, restaurantes gourmet y barriales, aprendí del ambiente rumbero y decadente de un ser que seguía de cerca y hacía cualquier cosa, hasta sacrificar el pago de alquiler o del seguro del auto, para ver a los Rolling Stones, Grateful Dead o a Elton John, de las mentiras y verdades de la gente, de lo que dicen de la boca para afuera y lo que realmente quieren decir, de los goces y decepciones de las aparentes noches íntimas de la pareja feliz que encuentran una esquina en el imaginario de las amistades.
Lo que no aprendí fue a comprar mariguana o cocaína o manejar borracho y a no dejar de trabajar porque amenecía apestoso a alcohol y a humo y con una jaqueca del carajo. Lo que aprendí fue a nunca jamás sacar tarjetas de crédito en su nombre y mucho menos dejar ir sólo al codeudor a Toronto o a South Beach con la American Express compartida.
Eso fue lo que aprendí y no aprendí del primero.
Han pasado años y el gringo sigue, según supe, con los vicios que de él no aprendí. Lo ví en el velorio de su madre. Se tambaleaba entre una pierna y otra, como bailando un exótico baile, siguiendo su propio ritmo. Delgada y arrugada su cara estaba, enmarcada con una melena rubia con rayitos blancos para disimular los años que se le dejan ver entre las sienes.
Creo que fuí la puerta con la que descubrió la tentación étnica, caliente y acogedora, de lo diferente a su piel y a su idioma. Siempre expresó abiertamente su debilidad por los cuerpos bronceados y oscuros, los que se le entregaban en tardes de caminatas por el parque Metropolitan, o en noches íntimas de olor a velas en su apartamento.
—Landscaping alert! Landscaping alert! —gritó a todo pulmón cuando vió por la ventana a los inmigrantes bronceados y sudorosos acondicionar el jardín del edificio donde rentaba yo el apartamento donde vino por unos días y se quedó por varios años.
Cuando ya no pude aguantar más, lo dejé llorando en la cama. No cambié mis planes de ir con mi familia a Atlantic City, en lugar de darle dinero para su maldito polvo.
—Creí que tu amigo iba con nosotros, —me dijo mi madre quien había llegado de Puerto Rico conmigo para pasar unas semanas de asueto, y quien unos días antes quedó admirada al ver el apartamento lleno de jarrones de lirios de verano y olió el Pinesol en el baño, que él esmeradamente había limpiado, creo que por tercera vez en un año.
—Está postrado en la cama, cansado, y no quiere salir —le mentí y todo quedó aclarado.
Después de mí llegó un colombiano, un guyanés, un haitiano, un mexicano, un salvadoreño, y ahora, ahora no sé, pues después del tambaléo cadencioso que le ví bailar en el velorio, y eso fue hace un año, ya no le he hablado ni visto más. Ni ganas.
Conmigo han estado un guanaco amante de la farándula y los chismes, un catracho amante del fútbol y de la cerveza, un uruguayo amante de Nueva York y de su familia en Montevideo, un poblano amante de karaoke y las carreras de larga distancia, y un chapín que sólo piensa en sexo cuando no quiere pagar por una puta. "Haz convertido el apartamento en una sucursal de las Naciones Unidas", me dijo La Mama.
El domingo pasado visité a mi hermano, el evangélico. Él y su esposa me habían invitado a una fiesta cena para celebrar la graduación de secundaria de su hijo mayor. Me chocó ver sobre la mesa tracera del sofá una foto del que fuera mi amigo y yo, sonriendo y abrazados en otros tiempos, ocupando un lugar preponderante no ganado.
—Puedes creer que no tengo ninguna foto de los dos juntos —le dije a mi cuñada, mientras le ayudaba en la presentación de la mesa.
—Si quieres, te la puedes llevar —me dijo. —A tu hermano no le gusta... —Me la llevé a casa antes de la medianoche.
Con el extractor de aire del baño encendido, le prendí fuego con el mismo fósforo que encendí el mariguano que me regaló el argentino que me esperaba inquieto de placer en mi cuarto.
Al otro día, me fuí a trabajar, como si nada hubiera pasado.
© 2005 José Oquendo

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