sábado, abril 23, 2005

Encuentro accidental



Sin nadie que extendiera su brazo izquierdo para detener en seco el brutal golpe al parabrisas para dejar entrar el aire frígido que coagularía en segundos tu chorrear de cascada la sangre caliente que derramaría tu frente abierta sobre tu cara sin respetar tu lampiñez facial, olorosa a Contradiction y, quién sabe, no lograr recordar ese instante jamás, como pocas veces recuerdas las cosas que afectan a los demás y que supones no te tocan de cerca.
Con tu quejoso carro llegaste al trabajo de siempre, el que a fuerza de no hablar de lo tuyo ya a pocos le importa. Todo lo que pasa pasa porque tiene que pasar así como así.

Esto acabas de escribir, trastocando con un par de teclazos la realidad que la cotidianidad te ofrece.
Frenaste a tiempo, esencial para el placer que anticipas ante el nuevo objeto del deseo.
Crees que la suerte te sonríe.
Bienvenido a la negación de premoniciones, al ninguneo de apariciones, a la amnesia oportuna.
Tenía que sucederte.
Le pasa a quienes ignoran los consejos del mecánico, o peor, no logran establecer una relación duradera con quien tiene el conocimiento para transfundir los aceites en motores anémicos, revivir alternadores desalternados, electrizar baterías exhaustas o enderezar ejes torcidos.

Manejas como Jano, el bifronte dios de las puertas, vigilando simultáneamente tu facha y tu trasero. Deseas que ese chofer paralelo a ti que se te antojó conocido desde que lo atisbaste por el retrovisor, te deje manejar en paz y te ignore. Subes la ventana. Te aíslas, paranoico. Rezas las oraciones olvidadas, sin las rimas dogmáticas del catecismo infantil, mientras la sangre te sube a las orejas como lava eréctil transfigurando tu perfil. La carcacha toma una curva cantando un cuac cuac cuac monocorde que te revienta las sienes. Llegas a la calle sin salida que desemboca en el cementerio de autos. Respiras hondo.

Tu hermano, de quien siempre creíste tiene ideas sólidas sólo para motores y transmisiones, y físicamente está moldeado para trabajos fuertes y aventuras lejanas que, contrario a ti las recuerda y celebra, me pide que me encargue de la reparación del eje malogrado por segunda vez en un mes, y que casi acaba con tu puta vida.
Todo te recuerda el esfínter quebrado por un bellaco sin nombre en una playa explayada donde, inundado de gozos punzantes, jugosos y jaloneados, exprimiste los glúteos y te mordiste el puño para enmudecer tus gritos.
¿Te acuerdas de los jueyes armados con tenazas y los pescadores alumbrándonos con hachos interrumpiéndonos? Lo dudo. Ha llegado el momento de recordar. Las versiones contadas con tu embustera creatividad terminaron enrevesadas.
Lo que fue ayer, ya no es hoy.
Ahora te vas culicontento con tu cosquilleo nalguero.
El auto que te asusta a ratos y resucitas de su agonía cada mil y pico de millas ha obedecido mi maldición de descomponerse de nuevo.
Casi te tengo.

Grato es saber que tu hermano no sabe nada de nada de lo que escribes en este blog, que tu madre no lee, que tu padre haya muerto una generación atrás, que las computadoras de tus conocidos sean objetos de consumerismo nacional y envidia vecinal, e instrumentos mataratos de chicos analfabetas, decapitadores de muñecos virtuales y bajadores de mp3.

Desde tu recinto iluminado por una vela vacilante y juguetona, corres discretamente la cortina como un espía, buscando el contacto visual que asegure tu certitud.
—Soy yo. Abre. —te llamo sin decir mi nombre, mirando como se mecen lentos los tules quejumbrosas de tu ventanal nicotinado. Sube, me dices, y oprimes el botón de bienvenida a un bien llegado. Engrandeces mis esperanzas al no decirme fíjate que tuve que salir de improviso y no regreso hasta más tarde.
Sabes que sé más de ti que lo que sabes de mí y te conozco hace mucho más que las efímeras horas que pasas en el taller cuando pasas y que según tú y me temo que también yo, son lo suficiente para saber si alguien ha llegado a la vida de otro para quedarse hasta el final, o mejor, terminar lo comenzado.
Introduciré con otro cuerpo tu cuerpo con la brusquedad necesaria que te hará recordar mi cara olvidada cuando me mires a mi cara enfurecida.
Hoy no habrá pescadores con candelas de hachos para interrumpirnos.
Sé que cuando concluyamos este segundo encuentro, tampoco, como la primera vez, podrás recordar mi nombre.
Con la mano en el bolsillo derecho del pantalón, me aseguro que sigue ahí caliente y dura.
Ensayo metiendo el dedo en el gatillo. Esta vez no puedo fallar.

© 2005 José Oquendo