viernes, mayo 27, 2005

Permiso para timbrar

Intentaba descansar la resaca que me dejó la noche del viernes junto a Tom, quien roncaba a mi lado como me imagino roncan los troncos, cuando tocaron fuerte a la puerta el sábado en la mañana. Creyendo que era mi vecino Wiso con su bastón, quien mientras se recupera de su operación de discos pinchados en a saber qué pisadera, me traía a su chihuahua Wichi, para sacarla como habíamos acordado, sin mirar por la mirilla abrí sin preguntar quién era.

Dios santo. Si por fuera no se veía mal, por dentro estaría mejor, me dije mientras me restregaba las lagañas que encostraban mis ojos rojos. Cuando logré enfocarle, me recordé del lobo goloso frente a la Caperucita Roja.

Que de llegar solo, hasta lo hubiera invitado a entrar por café y tostadas y hasta compartir huevos rancheros con una pico de gallo fresquesita, que para eso he ensayado un montón. Eggs Benedict al tiro, como hubiera dicho mi chileno favorito. Claro, después de lavarme la boca, la cara y todo lo necesario, rapidito. Me pondría boxers limpios y hasta colonia, que cará, que la suya contrastaba con mi halitosis mañanera.

Buenos días. Soy so-and-so, y esta es mi hermana en la fe so-and-so. Le traemos un mensaje muy importante, pero si está muy ocupado..., creo haberle escuchado decir mientras parecía otear con sus ojos azabache enmarcados en largas pestañas la mancha que aún no se secaba en mis boxers, más abajito de la media erección que su mirada vertical entusiasmaba. Le dejaremos un tratadito para que lo lea cuando tenga tiempo... Ahí está mi nombre y el teléfono del templo... dijo, creo, como en un blah blah blah ininteligible.

—Encantado —le dije rascándome los güevos y mordiéndome el labio inferior mientras aguantaba la puerta con el pie derecho. —Respeto mucho su capacidad para reconocer a quienes necesitamos de una ayudita pero, si no es molestia... Me desocuparé en unas horas por si decide regresar. Sólo memorice el número del apartamento, me toca el timbre, se anuncia y hablamos...

Con una mirada asolapada a su compañera quien enfatizaba su mudez con labios tan apretados como su biblia contra su pecho, extendí mi mano. Ella continuó exprimiéndose las tetas. Él me correspondió con un apretón de manos tal, que lanzó con furia un chorro de sangre candente al sur de mi cintura. Me sentí como muñeco plástico abrazado.

—Who was that? —preguntó Tom cuando regresé a la cama.

—Vendedores de palabras —le dije en un español intraducible que no quiso cuestionar mientras me acurrucaba a su lado, medio culpable de no haberme lavado rapidito, como lo haría con el que llegó acompañado y en quien pensé como si hubiera llegado solo cuando hicimos lo que hicimos por tercera vez.

Horas después, Wiso me llamó para recordarme lo de Wichi. Él siempre es quien llama desde la casa. Yo del supermercado, para preguntarle si él o Wichi necesitan algo.

—No te preocupes, Tom y yo ya llegamos... Y alístate, que nos vamos a dar una vuelta por el parque —le dije en inglés, para que él y Tom me entendieran a la vez.

—¿Tom? —preguntó.

—Un evangelista arrepentido. Te va a caer muy bien —le dije en español mientras llevaba los platos del consumido desayuno a la cocina.

En el parque fingí cansancio. Contrario a Tom, Wiso leyó mis pensamientos. Con una chihuahua feliz ladrándole al viento desde el asiento trasero del auto, regresamos al edificio.

Tom se despidió con un liviano abrazo. Yo miré por la ventana para no verlo salir. No lo llamaría hasta la noche. Abrí ventanas, cambié sábanas, pasé la aspiradora, desenpolvé las mesas, lavé platos, refresqué el aire con Glade, encendí velas aromáticas.

Fui al baño y salí limpio y oloroso a Contradiction. Fue entonces cuando escuché que tocaban el timbre.

© 2005 José Oquendo

martes, mayo 24, 2005

El carrito de laundry o los motivos de mi culillo

La nonagenaria, porque tenía que serlo igual que la millonaria señora que venía a ver al hospital, no parecía millonaria pero sí entrada en años y pasmada en la historia de la moda, a-la-post-guerra-mundial, la segunda. Antes de que la pesada puerta con acceso limitado para portadores de carnets magnetizados con foto digitada -la green card de los que aquí laboran-, y el letrero rojo de STAFF ONLY cerrara a mis espaldas, la diminuta señora, suéter encogido a su espalda pesada y pañoleta apretando su arrugada cara como cualquier little old lady salida de la tele en blanco y negro, me dice let me get in, demandando sin un please, please que la porfavoreciera. Y yo le digo I'm sorry, pero esta entrada es sólo para empleados y ella me dice con la mirada de ojillos de la tan clicheteada ratoncita asustada, que quiere entrar para ver a la señora que todos conocemos, la nonageriana que es su amiga me repite, la doña que donó los millones para la ampliación del edificio y que se ganó los titulares periodísticos que hoy descansan y se amarillentan enmarcados en el bulletin board del pasillo central. Y yo, que por mi declaración anual que sobre discreción profesional he jurado obedecer al pie de de letra como si fuera necesario, más que por recursos de ficcionaje disparatado, decido aquí mantenerla en el anonimato, pues de descubrirse mi presunto desacato, me podrían botar como bolsa de mierda del lugar al que le he dedicado la mitad de mis años y que las reformas que trajo el Nueve Once todavía me dan culillo al tan solo pensar que alguien no autorizado tenga acceso a mi récord médico o llegue a enterarse de los motivos por los que mi médico no tiene lo que aquí le llaman privileges, o sea que no puede practicar en éste y sí en otro hospital, o por qué me he negado donar sangre todos éstos años durante los tan humanitarios annual blood drives. Aparte, un minuto antes me he cruzado con un alcahuete administrativo, el apuesto moreno que dejó de serlo después que supe que se había casado, y no sé si es una trampa bien plantada, pero al mirar lo veo al fondo del corredor hablando o disimulando platicar con un colega, cámara de circuito cerrado -de seguro grabando- colgando del techo, apuntando en mi dirección, que es la puerta de salida. ¿Qué me queda sino decirle a la anciana que la entrada principal está al doblar de la nueva e impresionante ampliación tipo hotel de lujo que mandó construir su amiga, la que convalece arriba? Que tiene que pasar por la entrada principal donde le pedirán registrarse y anotar el nombre de la persona que visita, frente a envejecientes voluntarios celosos vestidos de rosado queer, quienes de seguro si es quien dice ser, la deben conocer muy bien, y la dejen pasar sin auscultar remilgos o advertirle protocolos aprendidos de memoria. Que ya sé, señora, que es una distancia considerable que demanda energías de su enteco cuerpo y además, ahora que me fijo bien, debe permitir que le inspeccionen el carrito que lleva, metálico como de lavandería, lleno de bolsas plásticas con lo que presumo sea comida casera o pantaletas limpias o pasta dentífrica o una combinación de los anteriores, o a saber qué cosas las que viene arrastrando. Que las nuevas medidas de seguridad demandan que se haga chequear por las personas que, insisto, después de lo que pasó hace un par de años, fueron empleadas, o utilizadas si son voluntarias, para ese propósito. Y ella, que ¿qué pasó hace un par de años, young man? Y yo, halagado a mis cuarenta pero con la paciencia jodida, me digo: Shit,that's it!, y después de mirar al fondo del pasillo más allá de la pesada puerta de cristales fortificados, donde el dúo dinámico sigue vigilando, me alejo desistiendo en ayudarle a empujar su carrito de laundry.

A la mañana siguiente sonrío al ver la inmensa mole arquitectónica aún de pie, fulgor de ventanales ahumados espejando un nuevo sol. Paso mi ID por la rendija, como una tarjeta de crédito con tasa porcentual anual variable, que me conduce al amplio, aséptico, climatizado, hermético y seguro recinto laboral donde pasaré las próximas ocho horas ganándome la vida y ayudándole a otros a ganar las suyas. Al menos eso espero.

© 2005 José Oquendo

lunes, mayo 23, 2005

Final de película en la nueva tele

Con un solo girón al picaporte, la puerta lo dejó entrar: tal como le había anticipado con su español castellanizado de high school y un acento que parecía foráneo y que en el doloroso otoño de su vida se había empecinado ensayar platicando con los dispuestos a escucharle.

Fue así como se comunicaba y lograba compartir algunos minutos de cercanía con los inmigrantes de nombres falsos que le cortaban la grama, con la ecuatoriana que le limpiaba la casa, con el neoyorican que le traía los tanques de oxígeno, con el peruano mensajero de la farmacia y con el técnico de urgencias que, aunque no fuera hispano, era bilingüe y, sobretodo, parecía estar siempre de turno en la ambulancia cada vez que sentía la presión el pecho y llamaba al 911. A este le dió por llamarlo mi ángel guardián, y calificó su presencia de deliberada, adrede, sin señas de casualidad oportuna.

Y claro está, con el enfermero fanático del cine noir que le recomendó ver películas en español, no solo para domar el ocio en los largos días invernados en la sala convertida en dormitorio, si no para perfeccionar el talento lingüístico aprendido de joven, despreciado de adulto y que ahora, dándose de palmadas en la frente, intentaba rememorar para conectarse con la nueva gente que otrora había pasado por alto.

Esta vez el chicano se encontró con un par de ojos virados, un pecho en el que se balanceaba un vaso vacío, una comisura de labios secos de la que colgaba una pajilla impregnada de viscosa baba, un control remoto en la mano con el índice oprimiendo el botón de play, como nunca imaginó encontrarse a nadie, mucho menos un paciente suyo.

En la televisión gigante Panasonic LCD y parlantes Boss, amenidades a las que lo condujo su afición al cine negro alimentada por quien ahora descubría su cuerpo inerme, que solo sirvieron para atraer visitantes que mas que conmoverse ante el dolor ajeno los entretenía la curiosidad que impone la novedad, aún no terminaba la más reciente de las recomendadas por el enfermero, la historia de un parapléjico obstinado con la eutanasia, la película extranjera del 2004: Mar adentro.

© 2005 José Oquendo

domingo, mayo 15, 2005

Feliz Seis de Mayo

—¡A trabajar, chingones hijoeputas! —se le escuchó decir en buen mexicano al boss, gringo para mayores señas. Faltaban diez para las seis del cinco de mayo.

Aún colgaban del aire caliente de la cocina, como en el hacinado piso del que salieron una hora atrás, los ardientes deseos de cambiar de aires que habían traído consigo desde siempre, desde antes de pensar cruzar la frontera antes que ésta desapareciera en la nueva cortina de hierro, o peor, desaparecieran sus deseos de cruzarla.

Pero el trabajo es sagrado, tanto como la familia, la renta, la comida y los envíos de dólares, se dijeron sin decirlo los que se pensaban obreros y chingones, no hijos de la chingada, tragándose a secas respuestas dirigidas a quien no tragaban. Tan sagrado como la realización misma de uno mismo, se dijo el que esperaba con más ansias el final del día recién nacido y a quien seguiremos más adelante.

De un solo miraron al jefe, que si las miradas mataran... y sonrieron entre ellos con sus hileras de elotes parejitos en sus bocas suaves de labios de guacamole y con ese orgullo ancestral a flor de piel que destroza con un destello los estereotipos que me obligaron a rescribir lo escrito. Sudaron la gota gorda sobre las parrilladas de anchos, guajillos. jalapeños, fajitas de faldilla a la tejana, guajolotes con pipián y carnitas adobadas para envolver en tortillas calientes de masaharina, y cilantros aromáticos, nopalitos desespinados para la ensalada azteca, mole verde de tomatillos licuados y salsa roja de suculentos tomates maduros en su parra, ésta vez con chipotles. Una grandototota canasta de la vendimia de productos importados, como sus manos.

Que de sobrar algo, llevarían en platos plásticos a su sótano para que el muxe, el mejor de sus ocho hijos según su madre, transformara en chilaquiles picosos para aniquilar crudas mañaneras de los que no eran él. Por lo menos, eso pensaban.

Como ayer, mañana y la semana siguiente trabajarán hasta noviembre cuando regresarán a sus pueblos en los que hoy no habitan hombres, al menos los que hierven de energía hormonal, y sí mujeres esperando hombres, niños esperando padres y ancianos esperando jóvenes. Será cuando esos vivos le inyecten vida a las ánimas que engullen el delicioso pan de muerto el día de los muertos -no más con decirlo, se me hace agua la boca-, los fieles recen a la guadalupana por favores de amores y desamores, y todos en el pueblo cantarán posadas para volver a ser paisanos en un país que los feriados y los puentes de feriados se vienen seguiditos como rosarios de abuelas desdentadas, que culminan con volcanes popocatépetlianos de petardos silbantes comprados con los dólares recién llegados, y como ellos, en los cielos mixtecas.

Pero, olvidemos los noviembres tan lejanos como el Oaxaca mismo y vivamos el amanecer del seis de mayo que se avecina, tan cercano como una vuelta por Broadway.

Y entremos sigilosos al sótano de donde flotan las notas musicales de las rancheras chenteras y los corridos tigrenorteños, donde aún cuelgan las luces navideñas que se mueren por ser encendidas colocadas por dos que por aquí se amaron el invierno pasado. Deléitense con el despliegue de banderas tricolores y las imágenes del recién beatificado Juan Diego y la hace tiempo santificada virgencita. Y vean la pared empapelada de fotos de caras de gente linda y lejana que tienen tan cerca de sus corazones henchidos de nostalgias.

Como vieron, o mejor, se imaginaron la última vez que por Jackson Heights los traje, aquí algunos ya comienzan a olvidarse de la aridez del paso de los caminos desérticos que los condujeron a California o Arizona o a los mil recodos del Río Bravo. Van dejando atrás las huellas en la arena que el viento oblitera a medida que van esculpiendo nuevas en la selva urbana. Aquellos caminos, se conocen de memoria.

¿Recuerdan aquellos engullendo los manjares del muxe con cuatro botellas vacías de Coronas y dos llenas con lima y sal sobre la mesa, la combinación perfecta para recordar y engendrar putas agruras y alivianar la billetera y olvidarse de las pendejadas que la resaca de la distancia se empecina en devolverles? Pues para eso es lo que sirven las jodidas chelas, aparte de aflojarle la vejiga a quien las chupa.

Para los que no se han fijado en el título de este relato, hoy es jueves mañanero o, lo que es lo mismo, el día después de la celebración de la Batalla de Puebla. Sigamos pintando: los ronquidos se disuelven como el vaho de feromonas inodoras que, por si no me creen, y si concentran su olfato, aquí sí se pueden oler. En su viajar onírico a este le viene pisando los talones un pobre marero tatuado y a poco se le escucha pronunciar improperios soñolientos en su sopor. El otro, el que despierto y aunque ahora se haga el dormido sigue siendo gubarrón, es acosado y atrapado por la despampanante chica que hace unas horas ligó en el restaurante, sonríe con jadeos eyaculados.

Los más sueñan que sea sábado, para cobrar, comprar, usar la tarjeta que anuncia en Sábado Gigante Don Francisco, la más que rinde los minutos telefónicos de noticias y chambres nacidos en caseríos desperdigados en la campiña desolada. No esperan despertar para llamar a sus madres y a las madres de sus hijos, y escuchar de cerca cómo en la distancia se confiesan los te quiero papi de los chamacos que engendraron sin saber que engendraban y que nunca escucharon cuando de hambre empezaron a pedir la teta.

A uno, para que lo sepan los que no me siguieron el paso el otro día, se le anudó de nudos la garganta y tuvo que sentarse a llorar agüitado como macho nunca visto, cuando fuimos el otro día embriagados por la fiebre primaveral a ver los chicos jugar al fútbol en el parque de Flushing. Se le quitó el agüite cuando sacrificó un fin de semana de juerga y le envió un uniforme de las Chivas y unas zapatillas Puma que compró en una tienda de música en la noventa. Aún no conoce en persona a su hijo.

Le preguntarán a sus viejas si han recibido las remesas que enviaron por Remesas Latinas hace dos semanas o tres o cuatro, y escucharán un sí que simulará una sonrisa alimentada de esperanzas o un no temeroso de haber terminado en manos ajenas.

Ahora, antes que se me duerman, volvamos al muxe y a la noche de anoche, que para eso fue que le extendí mi invitación. En medio de mariachis americanizados vistiendo blancos calzones de poliéster pegaditos como segunda piel prepucial a sus tamales, él no piensa en las cosas en que piensan los demás y sí en la razón que para escapar tenía cuando la oportunidad se le presentó así nomasita, tan clara como el agua zapoteca que había dejado atrás antes de mudarse al defe.

La sala es un pozole de caras mucho más güeras que las de los coyotes sonorenses que le ayudaron a cruzar después de un buen billete la frontera. Observen cómo levanta el vaso de tequila mescal coronado de sal kosher y adornado con rodajas agrias de limas californianas sudadas por sus paisanos doblegados a tres mil millas de distancia a occidente y recordando a quienes esperan con aromas culinarios, manos callosas, gargantas secas, quemazón de entrepiernas y esperas desesperantes a tres mil millas al sur, mucho más en kilómetros, donde hay pueblos enteros sin hombres en la macha tierra, porque casi todos se fueron al norte a meter verga, como él, desde las cinco de la mañana en muchos cincos de mayo desde hace muchos años en los muchos El Mariachi Restaurant and Night Clubs que por estos lares abundan.

Ahora, al romper el alba, cuando termina este turno de sudores y hedores que le queman y le impregnan la piel, el pelo, los sobacos, las bolas y la raja, toma el siete con los demás que se duermen como troncos apenas llegan al apartamento ilegalmente compartido. Se baña, se perfuma y se cambia. Se mira en el espejo de nuevo, se arregla el pelo, se echa la mochila de viaje al hombro y sin decir adiós sale. Desde su catre, el gubarrón masculla palabras ininteligibles.

Como esta vez no toma el siete, el paisaje se le antoja novedoso, foráneo, casi tan exótico como su cara de mole poblano pegando la mejilla contra la ventanilla del tren de Long Island. La velocidad hace que la metrópolis neoyorquina se diluya en la distancia. Miren como los árboles de suburbios le saludan desde afuera con sus manos florecidas.

Atrás queda roncando y con presagios de resaca Jackson Heights, el barrio de campesinos compueblanos donde fue a parar un año atrás, sucursal latina en los nuevayores como dice su amigo, el que le prometió hacerle conocer la vida conociendo la ciudad y quien hasta ahora no le ha fallado, cosa que no se puede decir del dormilón que hoy abandona.

Lo hemos seguido hasta aquí, lugar alejado por mucho del mugroso albergue al que hace un rato nos asomamos. El que abre la puerta de ésta casa colonial de barrio bien le sonríe a medio diente, él con los dientes completos mientras toma fuerzas para no quebrar su voz, dándose tiempo para hablar. Él mira hacia arriba. El otro hacia abajo. Y se siente, casi se escucha, el cosquilleo de la corriente sanguínea inundando el entrepierna y volviéndole a subir hasta el cogote. Ahora se miran de frente. Es el momento esperado por dos.

Ahora que nos han tirado la puerta en las narices, miremos por la ventana.

—¡Ah, a güebo, celebremos guey! Que no todos los días los poblanos derrotan a los franceses. Que hasta los gringos celebran nuestra independencia seis meses antes que nosotros gritemos el Grito de Dolores de Miguel Hidalgo. Que pocas veces se conoce a gente linda y sana como tú. Que como te prometí, aquí me tienes —lo escuchamos balbucear al llegar bañadito con jabón de sábila humectante, oloroso a la Armani Mania que le regaló el otro la última vez que estuvieron así de cerquita, juntitos el mero día en que lo hicieron por primera vez.

Fue en diciembre cuando enguirnaldaron con lucecitas de crismas los tabiques telarañosos del béisman y celebraron porque por fin estaban solos, como ahora. Todos se habían ido a México o de antros. Yo me había colado por la media ventana.

—Dame un abrazo apretadito y un beso mejillero hermano jotito del alma, que aún quedan churros por zampar y polvorones por desempolvar —dice el otro sin decirle antes de abrazarse, besarse y compartir manjares sobrantes éste seis de mayo. Esta mañana no serán servidos chilaquiles en el sótano.

—¡Celebremos, pues!—se le escuchó decir a uno, a saber cuál, al alejarnos. Imaginemos que los dos como uno caerán de gozo en la cama que los recibirá con las sábanas abiertas.

—Ahora síganme muertitos, que esta noche nos toca asustar al jodido jefesito —escucharon cuando uno de ellos corría la cortina.

© 2005 José Oquendo

viernes, mayo 06, 2005

Déja vu

Creyendo haberlo leído antes, le susurró al oído: —Ahora o nunca, papasito...
—Es imposible —contestó acercando el hombro derecho a la oreja diestra al sentir el cosquilleo, —Eso fue escrito por otro.

domingo, mayo 01, 2005

Sobre objeciones y revanchas

(Nota del editor: El siguiente relato de ficción fue enviado a nuestra redacción por Severino Sánchez, asiduo colaborador de la sección Entre letras te veas, de Isla Larga Ilustrada. Aclaramos que cualquier parecido a personajes vivos o muertos, o hechos presentes o pasados, en Long Island o en cualquier otra parte del mundo, es pura coincidencia.)

Javier repasó por enésima vez los textos en el corrector ortográfico y confirmó los datos históricos citados con la meticulosidad acostumbrada desde que se rajó como editor después de publicar en 1990 un editorial contra la propuesta de ley del English Only que se disputaba en la legislatura del condado de Suffolk. Fue cuando descubrió que no era bueno para multitasking o como dijeron muchas abuelas fallecidas: no podía asar dos conejos a la vez. Había deletreado mal el nombre del proponente de la ley que, al final, con editorial o sin el, fue derrotada.
De día trabajaba como transportista de pacientes en la sala de fisioterapia de un hospital local y de noche, sin descanso y hasta la madrugada, escribía, corregía, cortaba y pegaba textos, pocos originales y muchos fusilados con tijeretazos virtuales, para que El Neoyorquino saliera cada jueves, como había dispuesto desde su fundación cuatro años antes en el comedor de la sala de su apartamento en Mineola.
Como el leal jornalero de las letras que así se consideraba, mantuvo comunicación con Ramiro, que le remplazó como editor general y le enviaba de vez en cuando notas de opinión sueltas o noticias de acontecimientos políticos de última hora a la que no tenía acceso un semanario sin reporteros. Como no cobraba un centavo o, mejor, no le pagaban por sus colaboraciones, las mismas siempre eran bienvenidas. Esta vez no anticipaba problemas. Había trabajado durante las últimas semanas para Esta Isla Nuestra, su nueva serie reporteril de historias locales tal cual acordado con el editor en quien Rafael, el dueño, después de la renuncia irrevocable de Javier, había depositado toda su confianza.
Esperó con ansias la impresión casera de cada página de cada artículo. Los leyó, lapicero en mano, tachando aquí, rescribiendo allá. Se los llevó al baño para leerlos en voz alta en espacio reverbero que le recordó, mientras cagaba, su brega efímera de locutor frustrado. Ya los había dejado fermentar por unos días, los de sus vacaciones, mientras disfrutaba de viajes cortos por Long Island, los únicos asequibles desde que se separó de Roberto Villanueva y tomó total responsabilidad por el pago del apartamento que otrora habitaron juntamente en Westbury. Sus escritos se merecían la más resonante vibra, pensó después de carcajear al dejar escapar un resonante pedo.
La ruptura con Beto, que así llamaba a su ahora ex, y su obstinada negación a no rendirse ante una relación inmediata y pasajera que el despecho le trajera para consolar su arrechera, le brindaron tiempo para rexplorar el oficio que parecía llamarlo insistente.

LOS ÚLTIMOS DÍAS CON GABRIELA

Cuando Gabriela Mistral se refugió en la villa de Roslyn Harbor, su estado de salud se había deteriorado a tal grado que el médico le aconsejó reposo constante a la poeta y paciencia solidaria a su amiga quien le había abierto las puertas de su residencia suburbana. Antes de morir en el Hempstead General Hospital el 10 de enero de 1957, su recuperación se había esfumado de las mentes de quienes la cuidaron durante sus últimos días, de acuerdo con la que fuera su mucama, quien hoy reside en un nursing home local.
Con lágrimas en sus grises ojos quebrados de cataratas, quien cuidara de la Nóbel poeta relata, por primera vez públicamente, la relación que mantuvieron la laureada chilena y su íntima amiga...

LOS HERMANOS SOMOZA:
DE CADETES PLAYBOYS A PRESIDENTES

Lo que se propuso Anastasio Somoza García al ingresar en 1939 a sus hijos Anastasio (13) y Luis (17) en la hoy cerrada Academia Militar La Salle, en el poblado de Sayville, fue precisamente lo que consiguió: que los adolescentes se prepararan para asumir a su tiempo las riendas de la presidencia nicaragüense por obra y gracia de la dedocracia y extender su dinastía dictatorial.
Sin embargo, en la academia, antes de que Anastasio ingresara a West Point y Luis a la Louisiana State University, los adolescentes llevaron vidas poco ejemplares, según varios compañeros suyos que hoy los recuerdan como foráneos playboys que se ganaron el rechazo de los estudiantes...

THEODORE ROOSEVELT Y LOS COGNOMENTOS

Sin saberlo, una carta que el presidente Theodore Roosevelt le escribió a su hijo Kermit describiendo su visita por Puerto Rico en noviembre de 1906, cuando fue recibido por campesinos deshechos en hospitalidad, inició una fiebre designando cognomentos a ciudades, pueblos y barrios que, un siglo después, sigue expandiéndose sin señales de freno por toda Latinoamérica.
Fue TR el que comparó el fresco clima y la escarpada topografía del municipio de Adjuntas, en la zona cafetalera de la Isla del Encanto, con los encontrados por el presidente en las campiñas suizas. De ahí que se le conociera al pueblo como la Suiza de Puerto Rico, dice la pareja de historiadores Eustaquio Salazar-Preston y Bill Preston-Salazar, en su más reciente libro From Oyster Bay to Panama: the travels of a president.

Cuando Ramiro terminó de leer los artículos no pudo contener las ganas de compartirlos con Rafael.
—Parece que Javi se ha puesto las pilas y está determinado a reiniciar en serio su carrera. Creo que se merece otra oportunidad, —le dijo a su jefe.
—¿Y qué te hace pensar que estos artículos valen la pena? —le preguntó Rafael después de leer los primeros párrafos de cada uno de los textos y bajarse etiqueteramente los bifocales hasta media nariz para enfocar al editor mirón.
—Todos están impecables. Chequé en Google varios de los datos históricos a los que Javi se refiere en los tres artículos y me asombró que nadie haya escrito sobre estos temas antes con la precisión con que él los expone. Y todos tienen que ver con personas unidas a Latinoamérica que han vivido en Long Island.
—¡Pues no se van a publicar así como así! —exclamó con vigor de jefe al tiempo que se los devolvía bruscamente. —Fíjate no más. Desde el comienzo se notan las líneas de su pensamiento ambivalente, de su actitud cuestionable: los últimos días de una poeta gloria de América de quien a saber por qué razones se ha cuestionado su sexualidad en ensayos y libros, la historia secreta y libidinosa de dos adolescentes antes de convertirse en presidentes de Nicaragua y, por último y como si fuera poco, el libro más reciente de la controvertida pareja de autores maricas más famosa de Fire Island. Y aparte, ¿a quién putas le interesan los cognómetros?
—Rafa, respeto mucho su opinión, pero desde mi punto de vista, no hemos recibido colaboraciones tan bien logradas como las de Javi en mucho tiempo.
—No me gustan para nada. Que las rescriba. Indícales mis objeciones. Cuando te las envíe de nuevo, quiero leerlas antes de tomar una decisión final. A ver—prosiguió asumiendo una posición prepotente de jefe inescrutable y cambiando de imprevisto el tema—, quería preguntarte cómo quedó el perfil de los negocios que de la Agencia Multiservicios del Inmigrante que te encargué.
—Quedó muy bueno, ya, ya lo edité —titubeó el editor. —Sólo me falta seleccionar las fotos y estará listo para la edición de mañana.
—Envíamelo a la computadora que quiero leerlo. Sabes que está en juego un jugoso contrato exclusivo. Esta oportunidad no se puede dejar pasar por alto.

—Pues mejor así —le contestó Javier de sopetón a Ramiro cuando éste lo llamó para enterarle del rechazo. —Que coma mierda el Rafa, que para publicar hay otros medios y Long Island está saturada de periódicos que acogerían un escrito mío sin pensarlo dos veces, nada más por darle por los güebos a la competencia. Si se los envié a El Neoyorquino y no a sus clones es por los lazos amistosos que hasta ahora me unieron a ustedes y al periódico.



La semana siguiente apareció publicado íntegro, sin una palabra más y sin una menos, el primer artículo de una serie, el de los últimos años de la poeta, en La Voz Isleña, rompiendo récords de lecturas y comentarios en la página Web del semanario. Diarios de Santiago, Buenos Aires y Montevideo solicitaron y consiguieron permiso para republicarlo. Los otros artículos corrieron igual suerte. Hubo llamadas y correos desde Managua, del DF, Panamá y La Habana. Y algunos hasta pagaron en dólares. Versiones en inglés fueron vendidas con exclusividad al Latino News Syndicate.
Feliz de haber logrado reiniciar su vida como periodista, Javier dejó el trabajo de transportista en el centro de rehabilitación después de publicar por primera vez en un medio hispano en Estados Unidos y con mayor despliegue de detalles que los medios anglos, la siguiente noticia:


ARRESTAN A CONOCIDOS COMERCIANTES HISPANOS
Dos reconocidos empresarios y un empleado de un centro de salud condadal fueron arrestados y acusados de apropiación ilegal de documentos médicos de clientes de una agencia de servicios y seguros a inmigrantes hispanos, al concluir una investigación conducida por la Fiscalía de Distrito del Condado de Nassau. Rolando Evangelista, propietario de la Agencia de Servicios al Inmigrante, y su socio de negocios Rafael Cáceres, quien también es dueño del semanario El Neoyorquino, ambos de Hempstead, fueron detenidos ayer por agentes de la uniformada mientras almorzaban en un restaurante en el centro del poblado.
También fue arrestado Roberto Villanueva, un especialista en archivos médicos del Centro Médico Metropolitano quien, según fuentes allegadas a este semanario, se convirtió en pareja doméstica de Cáceres durante una ceremonia civil efectuada en una corte de Hartford, CT, el pasado mes...

© 2005 José Oquendo


Y se lo tragó el río

—Se lo juro oficial. Es un modelo largo y destartalado, como un Ford de los setenta. Todo sucedió cuando ví que el pobre viejo iba a caer sobre la baranda al río gritando desesperado, frené de momento y fue cuando ese señor que me seguía pegadito a mí como ladilla, me chocó. ¡Pero oficial, no se quede ahí mirándome como si yo tuviera dos cabezas! ¡Llame refuerzos, que envíen buzos al agua, quizás pueden salvarle la vida! Okey, okey, me calmo. Mire, aquí tiene mi licencia. Como ve es una foto malísima de hace tres años. Trabajo como traductor en la corte de distrito. Ahora que lo veo de cerca, creo haberlo visto por allí hace unos días —le dijo mientras se enderezaba la peluca marilynmoroesca con sus dedos perlados con acrílicas de estrellitas.
—Dese vuelta señor, separe las piernas, ábrase. Queda usted arrestado.
En minutos removieron los vehículos accidentados y se restablecíó el fluir constante sobre el puente. El aviso de Keep a Steady Speed, se balanceaba en el aire como una rama fracturada a punto de caer al turbulento río.

© 2005 José Oquendo