Feliz Seis de Mayo
—¡A trabajar, chingones hijoeputas! —se le escuchó decir en buen mexicano al boss, gringo para mayores señas. Faltaban diez para las seis del cinco de mayo.
Aún colgaban del aire caliente de la cocina, como en el hacinado piso del que salieron una hora atrás, los ardientes deseos de cambiar de aires que habían traído consigo desde siempre, desde antes de pensar cruzar la frontera antes que ésta desapareciera en la nueva cortina de hierro, o peor, desaparecieran sus deseos de cruzarla.
Pero el trabajo es sagrado, tanto como la familia, la renta, la comida y los envíos de dólares, se dijeron sin decirlo los que se pensaban obreros y chingones, no hijos de la chingada, tragándose a secas respuestas dirigidas a quien no tragaban. Tan sagrado como la realización misma de uno mismo, se dijo el que esperaba con más ansias el final del día recién nacido y a quien seguiremos más adelante.
De un solo miraron al jefe, que si las miradas mataran... y sonrieron entre ellos con sus hileras de elotes parejitos en sus bocas suaves de labios de guacamole y con ese orgullo ancestral a flor de piel que destroza con un destello los estereotipos que me obligaron a rescribir lo escrito. Sudaron la gota gorda sobre las parrilladas de anchos, guajillos. jalapeños, fajitas de faldilla a la tejana, guajolotes con pipián y carnitas adobadas para envolver en tortillas calientes de masaharina, y cilantros aromáticos, nopalitos desespinados para la ensalada azteca, mole verde de tomatillos licuados y salsa roja de suculentos tomates maduros en su parra, ésta vez con chipotles. Una grandototota canasta de la vendimia de productos importados, como sus manos.
Que de sobrar algo, llevarían en platos plásticos a su sótano para que el muxe, el mejor de sus ocho hijos según su madre, transformara en chilaquiles picosos para aniquilar crudas mañaneras de los que no eran él. Por lo menos, eso pensaban.
Como ayer, mañana y la semana siguiente trabajarán hasta noviembre cuando regresarán a sus pueblos en los que hoy no habitan hombres, al menos los que hierven de energía hormonal, y sí mujeres esperando hombres, niños esperando padres y ancianos esperando jóvenes. Será cuando esos vivos le inyecten vida a las ánimas que engullen el delicioso pan de muerto el día de los muertos -no más con decirlo, se me hace agua la boca-, los fieles recen a la guadalupana por favores de amores y desamores, y todos en el pueblo cantarán posadas para volver a ser paisanos en un país que los feriados y los puentes de feriados se vienen seguiditos como rosarios de abuelas desdentadas, que culminan con volcanes popocatépetlianos de petardos silbantes comprados con los dólares recién llegados, y como ellos, en los cielos mixtecas.
Pero, olvidemos los noviembres tan lejanos como el Oaxaca mismo y vivamos el amanecer del seis de mayo que se avecina, tan cercano como una vuelta por Broadway.
Y entremos sigilosos al sótano de donde flotan las notas musicales de las rancheras chenteras y los corridos tigrenorteños, donde aún cuelgan las luces navideñas que se mueren por ser encendidas colocadas por dos que por aquí se amaron el invierno pasado. Deléitense con el despliegue de banderas tricolores y las imágenes del recién beatificado Juan Diego y la hace tiempo santificada virgencita. Y vean la pared empapelada de fotos de caras de gente linda y lejana que tienen tan cerca de sus corazones henchidos de nostalgias.
Como vieron, o mejor, se imaginaron la última vez que por Jackson Heights los traje, aquí algunos ya comienzan a olvidarse de la aridez del paso de los caminos desérticos que los condujeron a California o Arizona o a los mil recodos del Río Bravo. Van dejando atrás las huellas en la arena que el viento oblitera a medida que van esculpiendo nuevas en la selva urbana. Aquellos caminos, se conocen de memoria.
¿Recuerdan aquellos engullendo los manjares del muxe con cuatro botellas vacías de Coronas y dos llenas con lima y sal sobre la mesa, la combinación perfecta para recordar y engendrar putas agruras y alivianar la billetera y olvidarse de las pendejadas que la resaca de la distancia se empecina en devolverles? Pues para eso es lo que sirven las jodidas chelas, aparte de aflojarle la vejiga a quien las chupa.
Para los que no se han fijado en el título de este relato, hoy es jueves mañanero o, lo que es lo mismo, el día después de la celebración de la Batalla de Puebla. Sigamos pintando: los ronquidos se disuelven como el vaho de feromonas inodoras que, por si no me creen, y si concentran su olfato, aquí sí se pueden oler. En su viajar onírico a este le viene pisando los talones un pobre marero tatuado y a poco se le escucha pronunciar improperios soñolientos en su sopor. El otro, el que despierto y aunque ahora se haga el dormido sigue siendo gubarrón, es acosado y atrapado por la despampanante chica que hace unas horas ligó en el restaurante, sonríe con jadeos eyaculados.
Los más sueñan que sea sábado, para cobrar, comprar, usar la tarjeta que anuncia en Sábado Gigante Don Francisco, la más que rinde los minutos telefónicos de noticias y chambres nacidos en caseríos desperdigados en la campiña desolada. No esperan despertar para llamar a sus madres y a las madres de sus hijos, y escuchar de cerca cómo en la distancia se confiesan los te quiero papi de los chamacos que engendraron sin saber que engendraban y que nunca escucharon cuando de hambre empezaron a pedir la teta.
A uno, para que lo sepan los que no me siguieron el paso el otro día, se le anudó de nudos la garganta y tuvo que sentarse a llorar agüitado como macho nunca visto, cuando fuimos el otro día embriagados por la fiebre primaveral a ver los chicos jugar al fútbol en el parque de Flushing. Se le quitó el agüite cuando sacrificó un fin de semana de juerga y le envió un uniforme de las Chivas y unas zapatillas Puma que compró en una tienda de música en la noventa. Aún no conoce en persona a su hijo.
Le preguntarán a sus viejas si han recibido las remesas que enviaron por Remesas Latinas hace dos semanas o tres o cuatro, y escucharán un sí que simulará una sonrisa alimentada de esperanzas o un no temeroso de haber terminado en manos ajenas.
Ahora, antes que se me duerman, volvamos al muxe y a la noche de anoche, que para eso fue que le extendí mi invitación. En medio de mariachis americanizados vistiendo blancos calzones de poliéster pegaditos como segunda piel prepucial a sus tamales, él no piensa en las cosas en que piensan los demás y sí en la razón que para escapar tenía cuando la oportunidad se le presentó así nomasita, tan clara como el agua zapoteca que había dejado atrás antes de mudarse al defe.
La sala es un pozole de caras mucho más güeras que las de los coyotes sonorenses que le ayudaron a cruzar después de un buen billete la frontera. Observen cómo levanta el vaso de tequila mescal coronado de sal kosher y adornado con rodajas agrias de limas californianas sudadas por sus paisanos doblegados a tres mil millas de distancia a occidente y recordando a quienes esperan con aromas culinarios, manos callosas, gargantas secas, quemazón de entrepiernas y esperas desesperantes a tres mil millas al sur, mucho más en kilómetros, donde hay pueblos enteros sin hombres en la macha tierra, porque casi todos se fueron al norte a meter verga, como él, desde las cinco de la mañana en muchos cincos de mayo desde hace muchos años en los muchos El Mariachi Restaurant and Night Clubs que por estos lares abundan.
Ahora, al romper el alba, cuando termina este turno de sudores y hedores que le queman y le impregnan la piel, el pelo, los sobacos, las bolas y la raja, toma el siete con los demás que se duermen como troncos apenas llegan al apartamento ilegalmente compartido. Se baña, se perfuma y se cambia. Se mira en el espejo de nuevo, se arregla el pelo, se echa la mochila de viaje al hombro y sin decir adiós sale. Desde su catre, el gubarrón masculla palabras ininteligibles.
Como esta vez no toma el siete, el paisaje se le antoja novedoso, foráneo, casi tan exótico como su cara de mole poblano pegando la mejilla contra la ventanilla del tren de Long Island. La velocidad hace que la metrópolis neoyorquina se diluya en la distancia. Miren como los árboles de suburbios le saludan desde afuera con sus manos florecidas.
Atrás queda roncando y con presagios de resaca Jackson Heights, el barrio de campesinos compueblanos donde fue a parar un año atrás, sucursal latina en los nuevayores como dice su amigo, el que le prometió hacerle conocer la vida conociendo la ciudad y quien hasta ahora no le ha fallado, cosa que no se puede decir del dormilón que hoy abandona.
Lo hemos seguido hasta aquí, lugar alejado por mucho del mugroso albergue al que hace un rato nos asomamos. El que abre la puerta de ésta casa colonial de barrio bien le sonríe a medio diente, él con los dientes completos mientras toma fuerzas para no quebrar su voz, dándose tiempo para hablar. Él mira hacia arriba. El otro hacia abajo. Y se siente, casi se escucha, el cosquilleo de la corriente sanguínea inundando el entrepierna y volviéndole a subir hasta el cogote. Ahora se miran de frente. Es el momento esperado por dos.
Ahora que nos han tirado la puerta en las narices, miremos por la ventana.
—¡Ah, a güebo, celebremos guey! Que no todos los días los poblanos derrotan a los franceses. Que hasta los gringos celebran nuestra independencia seis meses antes que nosotros gritemos el Grito de Dolores de Miguel Hidalgo. Que pocas veces se conoce a gente linda y sana como tú. Que como te prometí, aquí me tienes —lo escuchamos balbucear al llegar bañadito con jabón de sábila humectante, oloroso a la Armani Mania que le regaló el otro la última vez que estuvieron así de cerquita, juntitos el mero día en que lo hicieron por primera vez.
Fue en diciembre cuando enguirnaldaron con lucecitas de crismas los tabiques telarañosos del béisman y celebraron porque por fin estaban solos, como ahora. Todos se habían ido a México o de antros. Yo me había colado por la media ventana.
—Dame un abrazo apretadito y un beso mejillero hermano jotito del alma, que aún quedan churros por zampar y polvorones por desempolvar —dice el otro sin decirle antes de abrazarse, besarse y compartir manjares sobrantes éste seis de mayo. Esta mañana no serán servidos chilaquiles en el sótano.
—¡Celebremos, pues!—se le escuchó decir a uno, a saber cuál, al alejarnos. Imaginemos que los dos como uno caerán de gozo en la cama que los recibirá con las sábanas abiertas.
—Ahora síganme muertitos, que esta noche nos toca asustar al jodido jefesito —escucharon cuando uno de ellos corría la cortina.
© 2005 José Oquendo
Aún colgaban del aire caliente de la cocina, como en el hacinado piso del que salieron una hora atrás, los ardientes deseos de cambiar de aires que habían traído consigo desde siempre, desde antes de pensar cruzar la frontera antes que ésta desapareciera en la nueva cortina de hierro, o peor, desaparecieran sus deseos de cruzarla.
Pero el trabajo es sagrado, tanto como la familia, la renta, la comida y los envíos de dólares, se dijeron sin decirlo los que se pensaban obreros y chingones, no hijos de la chingada, tragándose a secas respuestas dirigidas a quien no tragaban. Tan sagrado como la realización misma de uno mismo, se dijo el que esperaba con más ansias el final del día recién nacido y a quien seguiremos más adelante.
De un solo miraron al jefe, que si las miradas mataran... y sonrieron entre ellos con sus hileras de elotes parejitos en sus bocas suaves de labios de guacamole y con ese orgullo ancestral a flor de piel que destroza con un destello los estereotipos que me obligaron a rescribir lo escrito. Sudaron la gota gorda sobre las parrilladas de anchos, guajillos. jalapeños, fajitas de faldilla a la tejana, guajolotes con pipián y carnitas adobadas para envolver en tortillas calientes de masaharina, y cilantros aromáticos, nopalitos desespinados para la ensalada azteca, mole verde de tomatillos licuados y salsa roja de suculentos tomates maduros en su parra, ésta vez con chipotles. Una grandototota canasta de la vendimia de productos importados, como sus manos.
Que de sobrar algo, llevarían en platos plásticos a su sótano para que el muxe, el mejor de sus ocho hijos según su madre, transformara en chilaquiles picosos para aniquilar crudas mañaneras de los que no eran él. Por lo menos, eso pensaban.
Como ayer, mañana y la semana siguiente trabajarán hasta noviembre cuando regresarán a sus pueblos en los que hoy no habitan hombres, al menos los que hierven de energía hormonal, y sí mujeres esperando hombres, niños esperando padres y ancianos esperando jóvenes. Será cuando esos vivos le inyecten vida a las ánimas que engullen el delicioso pan de muerto el día de los muertos -no más con decirlo, se me hace agua la boca-, los fieles recen a la guadalupana por favores de amores y desamores, y todos en el pueblo cantarán posadas para volver a ser paisanos en un país que los feriados y los puentes de feriados se vienen seguiditos como rosarios de abuelas desdentadas, que culminan con volcanes popocatépetlianos de petardos silbantes comprados con los dólares recién llegados, y como ellos, en los cielos mixtecas.
Pero, olvidemos los noviembres tan lejanos como el Oaxaca mismo y vivamos el amanecer del seis de mayo que se avecina, tan cercano como una vuelta por Broadway.
Y entremos sigilosos al sótano de donde flotan las notas musicales de las rancheras chenteras y los corridos tigrenorteños, donde aún cuelgan las luces navideñas que se mueren por ser encendidas colocadas por dos que por aquí se amaron el invierno pasado. Deléitense con el despliegue de banderas tricolores y las imágenes del recién beatificado Juan Diego y la hace tiempo santificada virgencita. Y vean la pared empapelada de fotos de caras de gente linda y lejana que tienen tan cerca de sus corazones henchidos de nostalgias.
Como vieron, o mejor, se imaginaron la última vez que por Jackson Heights los traje, aquí algunos ya comienzan a olvidarse de la aridez del paso de los caminos desérticos que los condujeron a California o Arizona o a los mil recodos del Río Bravo. Van dejando atrás las huellas en la arena que el viento oblitera a medida que van esculpiendo nuevas en la selva urbana. Aquellos caminos, se conocen de memoria.
¿Recuerdan aquellos engullendo los manjares del muxe con cuatro botellas vacías de Coronas y dos llenas con lima y sal sobre la mesa, la combinación perfecta para recordar y engendrar putas agruras y alivianar la billetera y olvidarse de las pendejadas que la resaca de la distancia se empecina en devolverles? Pues para eso es lo que sirven las jodidas chelas, aparte de aflojarle la vejiga a quien las chupa.
Para los que no se han fijado en el título de este relato, hoy es jueves mañanero o, lo que es lo mismo, el día después de la celebración de la Batalla de Puebla. Sigamos pintando: los ronquidos se disuelven como el vaho de feromonas inodoras que, por si no me creen, y si concentran su olfato, aquí sí se pueden oler. En su viajar onírico a este le viene pisando los talones un pobre marero tatuado y a poco se le escucha pronunciar improperios soñolientos en su sopor. El otro, el que despierto y aunque ahora se haga el dormido sigue siendo gubarrón, es acosado y atrapado por la despampanante chica que hace unas horas ligó en el restaurante, sonríe con jadeos eyaculados.
Los más sueñan que sea sábado, para cobrar, comprar, usar la tarjeta que anuncia en Sábado Gigante Don Francisco, la más que rinde los minutos telefónicos de noticias y chambres nacidos en caseríos desperdigados en la campiña desolada. No esperan despertar para llamar a sus madres y a las madres de sus hijos, y escuchar de cerca cómo en la distancia se confiesan los te quiero papi de los chamacos que engendraron sin saber que engendraban y que nunca escucharon cuando de hambre empezaron a pedir la teta.
A uno, para que lo sepan los que no me siguieron el paso el otro día, se le anudó de nudos la garganta y tuvo que sentarse a llorar agüitado como macho nunca visto, cuando fuimos el otro día embriagados por la fiebre primaveral a ver los chicos jugar al fútbol en el parque de Flushing. Se le quitó el agüite cuando sacrificó un fin de semana de juerga y le envió un uniforme de las Chivas y unas zapatillas Puma que compró en una tienda de música en la noventa. Aún no conoce en persona a su hijo.
Le preguntarán a sus viejas si han recibido las remesas que enviaron por Remesas Latinas hace dos semanas o tres o cuatro, y escucharán un sí que simulará una sonrisa alimentada de esperanzas o un no temeroso de haber terminado en manos ajenas.
Ahora, antes que se me duerman, volvamos al muxe y a la noche de anoche, que para eso fue que le extendí mi invitación. En medio de mariachis americanizados vistiendo blancos calzones de poliéster pegaditos como segunda piel prepucial a sus tamales, él no piensa en las cosas en que piensan los demás y sí en la razón que para escapar tenía cuando la oportunidad se le presentó así nomasita, tan clara como el agua zapoteca que había dejado atrás antes de mudarse al defe.
La sala es un pozole de caras mucho más güeras que las de los coyotes sonorenses que le ayudaron a cruzar después de un buen billete la frontera. Observen cómo levanta el vaso de tequila mescal coronado de sal kosher y adornado con rodajas agrias de limas californianas sudadas por sus paisanos doblegados a tres mil millas de distancia a occidente y recordando a quienes esperan con aromas culinarios, manos callosas, gargantas secas, quemazón de entrepiernas y esperas desesperantes a tres mil millas al sur, mucho más en kilómetros, donde hay pueblos enteros sin hombres en la macha tierra, porque casi todos se fueron al norte a meter verga, como él, desde las cinco de la mañana en muchos cincos de mayo desde hace muchos años en los muchos El Mariachi Restaurant and Night Clubs que por estos lares abundan.
Ahora, al romper el alba, cuando termina este turno de sudores y hedores que le queman y le impregnan la piel, el pelo, los sobacos, las bolas y la raja, toma el siete con los demás que se duermen como troncos apenas llegan al apartamento ilegalmente compartido. Se baña, se perfuma y se cambia. Se mira en el espejo de nuevo, se arregla el pelo, se echa la mochila de viaje al hombro y sin decir adiós sale. Desde su catre, el gubarrón masculla palabras ininteligibles.
Como esta vez no toma el siete, el paisaje se le antoja novedoso, foráneo, casi tan exótico como su cara de mole poblano pegando la mejilla contra la ventanilla del tren de Long Island. La velocidad hace que la metrópolis neoyorquina se diluya en la distancia. Miren como los árboles de suburbios le saludan desde afuera con sus manos florecidas.
Atrás queda roncando y con presagios de resaca Jackson Heights, el barrio de campesinos compueblanos donde fue a parar un año atrás, sucursal latina en los nuevayores como dice su amigo, el que le prometió hacerle conocer la vida conociendo la ciudad y quien hasta ahora no le ha fallado, cosa que no se puede decir del dormilón que hoy abandona.
Lo hemos seguido hasta aquí, lugar alejado por mucho del mugroso albergue al que hace un rato nos asomamos. El que abre la puerta de ésta casa colonial de barrio bien le sonríe a medio diente, él con los dientes completos mientras toma fuerzas para no quebrar su voz, dándose tiempo para hablar. Él mira hacia arriba. El otro hacia abajo. Y se siente, casi se escucha, el cosquilleo de la corriente sanguínea inundando el entrepierna y volviéndole a subir hasta el cogote. Ahora se miran de frente. Es el momento esperado por dos.
Ahora que nos han tirado la puerta en las narices, miremos por la ventana.
—¡Ah, a güebo, celebremos guey! Que no todos los días los poblanos derrotan a los franceses. Que hasta los gringos celebran nuestra independencia seis meses antes que nosotros gritemos el Grito de Dolores de Miguel Hidalgo. Que pocas veces se conoce a gente linda y sana como tú. Que como te prometí, aquí me tienes —lo escuchamos balbucear al llegar bañadito con jabón de sábila humectante, oloroso a la Armani Mania que le regaló el otro la última vez que estuvieron así de cerquita, juntitos el mero día en que lo hicieron por primera vez.
Fue en diciembre cuando enguirnaldaron con lucecitas de crismas los tabiques telarañosos del béisman y celebraron porque por fin estaban solos, como ahora. Todos se habían ido a México o de antros. Yo me había colado por la media ventana.
—Dame un abrazo apretadito y un beso mejillero hermano jotito del alma, que aún quedan churros por zampar y polvorones por desempolvar —dice el otro sin decirle antes de abrazarse, besarse y compartir manjares sobrantes éste seis de mayo. Esta mañana no serán servidos chilaquiles en el sótano.
—¡Celebremos, pues!—se le escuchó decir a uno, a saber cuál, al alejarnos. Imaginemos que los dos como uno caerán de gozo en la cama que los recibirá con las sábanas abiertas.
—Ahora síganme muertitos, que esta noche nos toca asustar al jodido jefesito —escucharon cuando uno de ellos corría la cortina.
© 2005 José Oquendo


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