Permiso para timbrar
Intentaba descansar la resaca que me dejó la noche del viernes junto a Tom, quien roncaba a mi lado como me imagino roncan los troncos, cuando tocaron fuerte a la puerta el sábado en la mañana. Creyendo que era mi vecino Wiso con su bastón, quien mientras se recupera de su operación de discos pinchados en a saber qué pisadera, me traía a su chihuahua Wichi, para sacarla como habíamos acordado, sin mirar por la mirilla abrí sin preguntar quién era.
Dios santo. Si por fuera no se veía mal, por dentro estaría mejor, me dije mientras me restregaba las lagañas que encostraban mis ojos rojos. Cuando logré enfocarle, me recordé del lobo goloso frente a la Caperucita Roja.
Que de llegar solo, hasta lo hubiera invitado a entrar por café y tostadas y hasta compartir huevos rancheros con una pico de gallo fresquesita, que para eso he ensayado un montón. Eggs Benedict al tiro, como hubiera dicho mi chileno favorito. Claro, después de lavarme la boca, la cara y todo lo necesario, rapidito. Me pondría boxers limpios y hasta colonia, que cará, que la suya contrastaba con mi halitosis mañanera.
Buenos días. Soy so-and-so, y esta es mi hermana en la fe so-and-so. Le traemos un mensaje muy importante, pero si está muy ocupado..., creo haberle escuchado decir mientras parecía otear con sus ojos azabache enmarcados en largas pestañas la mancha que aún no se secaba en mis boxers, más abajito de la media erección que su mirada vertical entusiasmaba. Le dejaremos un tratadito para que lo lea cuando tenga tiempo... Ahí está mi nombre y el teléfono del templo... dijo, creo, como en un blah blah blah ininteligible.
—Encantado —le dije rascándome los güevos y mordiéndome el labio inferior mientras aguantaba la puerta con el pie derecho. —Respeto mucho su capacidad para reconocer a quienes necesitamos de una ayudita pero, si no es molestia... Me desocuparé en unas horas por si decide regresar. Sólo memorice el número del apartamento, me toca el timbre, se anuncia y hablamos...
Con una mirada asolapada a su compañera quien enfatizaba su mudez con labios tan apretados como su biblia contra su pecho, extendí mi mano. Ella continuó exprimiéndose las tetas. Él me correspondió con un apretón de manos tal, que lanzó con furia un chorro de sangre candente al sur de mi cintura. Me sentí como muñeco plástico abrazado.
—Who was that? —preguntó Tom cuando regresé a la cama.
—Vendedores de palabras —le dije en un español intraducible que no quiso cuestionar mientras me acurrucaba a su lado, medio culpable de no haberme lavado rapidito, como lo haría con el que llegó acompañado y en quien pensé como si hubiera llegado solo cuando hicimos lo que hicimos por tercera vez.
Horas después, Wiso me llamó para recordarme lo de Wichi. Él siempre es quien llama desde la casa. Yo del supermercado, para preguntarle si él o Wichi necesitan algo.
—No te preocupes, Tom y yo ya llegamos... Y alístate, que nos vamos a dar una vuelta por el parque —le dije en inglés, para que él y Tom me entendieran a la vez.
—¿Tom? —preguntó.
—Un evangelista arrepentido. Te va a caer muy bien —le dije en español mientras llevaba los platos del consumido desayuno a la cocina.
En el parque fingí cansancio. Contrario a Tom, Wiso leyó mis pensamientos. Con una chihuahua feliz ladrándole al viento desde el asiento trasero del auto, regresamos al edificio.
Tom se despidió con un liviano abrazo. Yo miré por la ventana para no verlo salir. No lo llamaría hasta la noche. Abrí ventanas, cambié sábanas, pasé la aspiradora, desenpolvé las mesas, lavé platos, refresqué el aire con Glade, encendí velas aromáticas.
Fui al baño y salí limpio y oloroso a Contradiction. Fue entonces cuando escuché que tocaban el timbre.
© 2005 José Oquendo
Dios santo. Si por fuera no se veía mal, por dentro estaría mejor, me dije mientras me restregaba las lagañas que encostraban mis ojos rojos. Cuando logré enfocarle, me recordé del lobo goloso frente a la Caperucita Roja.
Que de llegar solo, hasta lo hubiera invitado a entrar por café y tostadas y hasta compartir huevos rancheros con una pico de gallo fresquesita, que para eso he ensayado un montón. Eggs Benedict al tiro, como hubiera dicho mi chileno favorito. Claro, después de lavarme la boca, la cara y todo lo necesario, rapidito. Me pondría boxers limpios y hasta colonia, que cará, que la suya contrastaba con mi halitosis mañanera.
Buenos días. Soy so-and-so, y esta es mi hermana en la fe so-and-so. Le traemos un mensaje muy importante, pero si está muy ocupado..., creo haberle escuchado decir mientras parecía otear con sus ojos azabache enmarcados en largas pestañas la mancha que aún no se secaba en mis boxers, más abajito de la media erección que su mirada vertical entusiasmaba. Le dejaremos un tratadito para que lo lea cuando tenga tiempo... Ahí está mi nombre y el teléfono del templo... dijo, creo, como en un blah blah blah ininteligible.
—Encantado —le dije rascándome los güevos y mordiéndome el labio inferior mientras aguantaba la puerta con el pie derecho. —Respeto mucho su capacidad para reconocer a quienes necesitamos de una ayudita pero, si no es molestia... Me desocuparé en unas horas por si decide regresar. Sólo memorice el número del apartamento, me toca el timbre, se anuncia y hablamos...
Con una mirada asolapada a su compañera quien enfatizaba su mudez con labios tan apretados como su biblia contra su pecho, extendí mi mano. Ella continuó exprimiéndose las tetas. Él me correspondió con un apretón de manos tal, que lanzó con furia un chorro de sangre candente al sur de mi cintura. Me sentí como muñeco plástico abrazado.
—Who was that? —preguntó Tom cuando regresé a la cama.
—Vendedores de palabras —le dije en un español intraducible que no quiso cuestionar mientras me acurrucaba a su lado, medio culpable de no haberme lavado rapidito, como lo haría con el que llegó acompañado y en quien pensé como si hubiera llegado solo cuando hicimos lo que hicimos por tercera vez.
Horas después, Wiso me llamó para recordarme lo de Wichi. Él siempre es quien llama desde la casa. Yo del supermercado, para preguntarle si él o Wichi necesitan algo.
—No te preocupes, Tom y yo ya llegamos... Y alístate, que nos vamos a dar una vuelta por el parque —le dije en inglés, para que él y Tom me entendieran a la vez.
—¿Tom? —preguntó.
—Un evangelista arrepentido. Te va a caer muy bien —le dije en español mientras llevaba los platos del consumido desayuno a la cocina.
En el parque fingí cansancio. Contrario a Tom, Wiso leyó mis pensamientos. Con una chihuahua feliz ladrándole al viento desde el asiento trasero del auto, regresamos al edificio.
Tom se despidió con un liviano abrazo. Yo miré por la ventana para no verlo salir. No lo llamaría hasta la noche. Abrí ventanas, cambié sábanas, pasé la aspiradora, desenpolvé las mesas, lavé platos, refresqué el aire con Glade, encendí velas aromáticas.
Fui al baño y salí limpio y oloroso a Contradiction. Fue entonces cuando escuché que tocaban el timbre.
© 2005 José Oquendo


2 Comments:
Una correlación chévere entre los apartamentos de los escritores gay bien establecidos y unos saltos de aquí para allá en los cuentos de los compañeros no-establecidos en soledad. Eso, por un lado. Por otro, una necesidad de llevar hasta la puerta a esos hombres que nos aprietan las manos hasta producirnos una hemorragia interna en el centro de la ingle, pero hasta ahí. Lo que pasa detrás de la puerta de la alcoba ya se nos hace más difícil de contar. No en balde la academia sueca le acaba de conferir el Nobel a Elfriede Jelinek, una pornógrafa exquisita, con un detalle psicológico que te la va a parar. No hay prisa, pero sería bueno trabajar con ese asunto, de ambos lados de esta frontera virtual. Deja ver si me sale.
Como aprendiz me llega explorar más allá del timbre del pasillo, de la mirada por la ventana, del bellaco apretón de manos, de la erección deseada y no tocada.
Dices que no hay prisa. En mi caso, ya en el ombligo de mi vida, me permitiría cierto grado de aceleración, pero primero me apremia encontrar mi voz y estilo.
Dime lo que te gusta leer y te diré qué te gustaría escribir, creo haber leído en alguna parte. Pues yo que leo a Fernando Vallejo, Jorge Franco, Mayra Santos-Febres, Jaime Bayly y Michael Nava, entre otros, he recibido sus aires transgresores, irreverentes y provocativos. Y por ahí me he ido. Aún no llego a la Jelinek, pero la tendré en cuenta la próxima vez que pase por la Barnes and Noble.
Manuel, me gusta tu propuesta como ejercicio. Como dices, y yo repito: deja ver si me sale.
Un abrazo,
José O.
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