jueves, junio 30, 2005

Tarea Escolar 2005



(A Enrique Laguerre)

—Charlie, ¿ya terminajte la asignación? —pregunta Doña Crucita al pararse entre su hijo y la computadora, que a insistencias suyas había sido instalada en la sala.
—¿Qué asignación? —le contrapregunta Charlie, sin abandonar el control del juego electrónico.
—La que te dio Misis Rivera —le contesta su madre encuadrilando los brazos como ánfora griega.
—Oh, the one I asked Güelo about yesterday? —le vuelve a interpeler Charlie, inclinándose a un lado para ver más allá del delantal de su madre a los espadachines matándose en la pantalla.
—Charlie, ¡Cuando te hable en español quiero que me contestej en español! —le grita agitando el dedo índice.
—Okey, mami, so, what's the big deal? ¡Salte del medio, que no veo! Please???
—Don't talk to me like that, puñetero muchacho! Te pregunté que si habíaj terminao la tarea que te dio la maejtra... El repolte ejcrito de la novela de Laguerre...
—Pero cálmate, mami. Please? No tienej que ponelte así de jistérica. Ese repolte hay que entregal-lo next week...
—¿Y creej que vaj a tenel tiempo pa' leel-la?
—Course, mami! Plenty. I'm 'bout to finish the last one of Harry Potter. Okey?. Plus you know, si no puedo telminal-la, Güelo me dijo que me iba a yudal con la History class. He knows everything —concluye, colocándose los audífonos para escuchar mejor las estridencias que produce con cada pulsada el control remoto. Ruedan las cabezas de los espadachines malos. —YYEEESSSS!

Doña Crucita aprieta los dientes enojada, cruza los brazos desafiante, mueve la cabeza incrédula, exhala con fuerza furiosa y exclama a los cuatro vientos antes de regresar a ver la telenovela de las ocho:
—¡Jodíomuchacho!

© 2005 José Oquendo

domingo, junio 26, 2005

La leyenda de Nenita y Justiniano


Desde el tupido bosque de capá prieto y hacia el otro lado de la hondonada que los separaba de la jalda resbaladiza que serpenteante conducía al norte a los invasores de mulas fatigadas, toldos anegados, calzado nuevo y apretado, y torrentes hormonales tan reprimidos como su ansiedad bélica, los campesinos aguzaron su resistencia con los pocos tiros lejanos que le permitían sus armas rudimentarias.

Antes que los ecos se deslizaron escalonados hasta apagarse en el mar Caribe, convencidos de que la toma de Ponce por los norteamericanos era motivación de vítores y aplausos entre los locales, el pequeño grupo de rebeldes enfiló sus caballos en retirada sobre la Cuchilla de Juan González, hacia Pellejas, desde donde habían partido la noche antes.

Un aire de algarabía arropaba cañaverales y cafetales. Cuadrillas montadas llegaban de toda la comarca y se concentraban en la aldea, consumiendo víveres en los colmados, engullendo pitorro y disparando tiros alegres al aire, que le advirtieron a Justiniano y a los suyos que oteaban desde un cerro cercano, que la causa que pelearon sus abuelos en Lares sufría de un percance de mayores proporciones. Quedos, se desbandaron.

Un aguacero torrencial les hizo arder a los soldados sus escaldadas rajas y les arrugó sus pingas despellejadas, las que por meses no habían visto un pelo. Sus caras jinchas fueron dianas rosadas para zancudos guerrilleros que se negaban a entregar sin pelear sus latifundios sin guardarrayas, haciendo su agosto en agosto.

—La hijtoria ejcrita es la palte adolná de la hijtoria pol loj que no la vivieron y hubieran querío vivil-la —dijo Nenita mientras movía la olla de funche sobre el fogón de piedra, avivando tizones y elevando chispas con débiles soplidos.

—Unjú —afirmó sin asentir Justiniano, quien se entretenía afeitando excesos de ausubo con su corva, revelando la figura del santo que el madero escondía en su interior.

—Como había desaparecío sin dejal huella y papa Eloy no estaba por to ejto, fui a preguntal por Nenita a la tienda de loj Caldona, con miedo puej ya habiamoj escuchao los tiros y to el revulú. Nadie sabía na de na. Lo que encontré fue un paquete de pendejoj que loj esperaban degollando puelcos y preparando una fiejta de recibimiento que ni el gobelnadol hubiea recibío. Fue la negra Petra la que me dijo que a Nenita le habían pedío que preparara la comida en la Hacienda de loj Cuarenta, donde iban a pasal la noche loj americano. Pero yo no podía il pallá. Y ej que despué de lo que pasó entre Nenita y yo, el colso me dijo que me mataría si me vía por su finca.

Tino trataba de poner en orden sus pensamientos mientras cortaba con la rasqueta la yerba a la yegua rucia, hasta que llegó el viejo Eloy quien le dijo que un enviado del Corso, quien parecía sincero, le había dicho en una conversación en la tienda de Don Tato, que Nenita estaba bien, que le iba a recompensar por sus servicios de cocinero.

—Puede sel quel colso quiera hacel laj pase con usté y la familia, o sea, con nojotroj, ahora que llegan los americanoj. Yo sé que el sabe que nojotroj también ajpiramoj a la libeltá, aunque pol diferentej medio —le dijo Tino, después de un silencio de largos segundos.

—Bueno mijo si ej así, puej habrá que esperal —le contestó el viejo, con la aflicción sosegada que como sombra no se le despegaba desde el día en que la comadrona no pudo salvar a su esposa ni al otro hijo que esperaban.

En la cocina, separada de la casona, Nenita probaba meticulosamente cada plato que iniciaba la cocinera de la hacienda, añadiéndole granos de sal al arroz con pollo y las hebritas de azafrán antes de probarlo de nuevo y tapar las ollas, bajándole el fuego de la cocina de carbón. Tres empleados de Los Cuarenta, se turnaban tornando los lechones, que Nenita pintaba a brochazos con manteca de achiote y acomodaba los leños para que se asaran parejos. Todo estaría listo al atardecer del 2 de agosto, cuando acamparían las primeras tropas del Cuerpo de Ingenieros, dirigidos por el General Roy Stone.

Entrada la madrugada, cuando cansado del ajetreo se disponía a dormir sobre un petate, unas manos poderosas le agarraron las suyas inmovilizándolo y otras ansiosas le bajaban de un jalón los pantalones. En una borrachera mareante y una llovizna de vómitos de lo que les quedaba sin digerir, se le eyacularon adentro y afuera a quien les había preparado la comida. Los gritos de un guardia, el más apuesto y más decente de todos según le contó más tarde Nenita a Tino, espantó a la jauría que se alejó dejando un vaho de espíritus fermentados. Le desató la cuerda, lo ayudó a vestir sus pantalones cagados, le limpió la cara con un paño mojado y, temblando tanto como Nenita, a hurtadillas lo condujo por el camino que se encargaba de vigilar, el que daba al río de la casona. Antes de alejarse, Nenita lo escuchó decir algo con una voz dulce, como de consuelo, en un idioma que no entendía.

Le pareció haber perdido lo ganado meses antes cuando gozó de contento con Justiniano, media tarde y una noche de luna llena en el higuillar de Los Cuarenta. Don Eloy los buscó hasta la noche con hachos de lumbre, gritando sus nombres por veredas y hontanares. Un empleado de la hacienda los encontró a la mañana siguiente, abrazados y desnudos de la cintura para arriba, como nunca se imaginó encontrar a dos machos a la vera del camino.

—Yo le dije que no fuera pallá, pero Tino siempre fue testarú. ¡Dímelo a mí que lo conojco dejde que se criaba! Si en la ciudá no loj pudieron paral, ¿qué íbamoj asel nojotroj en el monte? Cuando me encontró y me dejpeltó, parecía una aparición nublá. Yo que creí que lo habían matao... —dijo dejando escapar una carcajada tristona antes que lo atacara un acceso de tos que le arqueó la espalda.

—Y al que casi mataron los dejgraciao fue a él —murmulló Tino después de un escupitajo de saliva de tabaco disparado desde su destentada boca, recordando cómo lo encontró tumbado en pelota y de cara al sol sobre una piedra del charco azul, donde se fue a lavar su magullado cuerpo y su apestosa ropa, producto de la violenta violación de la que fuera objeto.

No les importó lo que a leguas era secreto ya mil veces saboreado por las lenguas del cotilleo, y con la bendición de Don Eloy antes de su muerte, construyeron su casa de guayacán y maga,con un balcón blanco guirnaldado de rosas trepadoras al otro lado del glacis, que fue causa de envidia vecinal. La casa grande la convirtieron en almacén de granos y hospedaje para los trabajadores de la finca.

Dieciocho años después, se corrió el rumor de que un oficial militar que acompañaba al Presidente Theodore Roosevelt, que visitó el pueblo cuando viajaba a la construcción del canal de Panamá, se atrevió a preguntar por el Nenita.

—Esa palte es un rumol que nunca he podío confilmal. Para entoncej, ya el pueblo tenía putaj, y yo y Tino vivíamoj bien apartaoj de la gente. ¿Quién iba a necesital de alguien que loj odiaba tanto?

Justiniano y Nenita convivieron juntos, justo hasta el 26 de julio de 1952, un año y unos meses después de concederme la entrevista. Nenita murió de tuberculosis y Justiniano, que ya presentaba los síntomas de la enfermedad, se quitó la vida con un veneno para ratas que le aguó la sangre hasta desangrarlo, tres días después del entierro de su amante en vida, sin herederos que pudieran contar su historia.

Más tarde, el gobierno muñocista expropió los terrenos y los repartió en parcelas de cuatro cuerdas a los campesinos pobres. Todavía hoy, en el empalme de caminos que conduce a la flamante comunidad rural, bajo las cicatrices endelebles de dos corazones heridos con una flecha, se ve un despintado letrero en el tronco de una ceiba centenaria que dice Hacienda La Nenita.

© 2005 José Oquendo

domingo, junio 12, 2005

Despacito, muy despacito...

Hoy concluyo que entre nosotros no hay prisa, y sí múltiples y acelerados saludos, sonrisas, conversaciones, miradas, comoestás, muchosgustos, nosveremos, porahoras, cúidates. Aún así y sin que lo sepas, ¿o sí?, renuncio a planes tentadores, citas impostergables, deberes cotidianos, compromisos ineludibles, vicios esclavizantes y responsabilidades primordiales, para coordinar regulares encuentros en el espacio conocido por ambos, donde sé, sabemos, nos encontraremos unísonos, segundos más, segundos menos, qué más da, como en un apetecido, esperado y mutuo orgasmo. Veo acercarte en la lejanía borroso y me pregunto si serás tú el que viene o seré yo quien llega. ¿Será que todos los caminos bifurcados conducen a una misma Roma? ¿ O es que ahora no hay celeridades, como las hubo antes en mi mente desvirgada, cuando quise devorarte con mis ojos; como las hubo cuando me rechazaste al percibir mis ligeras insinuaciones que con vanidad osaron conducirme hacia la nada? Si lograra al menos no hacerme de ilusiones esta vez, que ya tantas veces me han hecho caer de culo y hasta entregarlo así fácil, y dejara que el tiempo de aquí a la cita concretamente concertada y en adelante, llegara sin premuras, estaría presto a emparejarme cuando tú también así lo quieras. De mi parte, quiero prometerte que lo intentaré. (F)

viernes, junio 03, 2005

La autopista del norte

Esta tarde infernal de junio, voy rumbo norte en un embotellamiento insoportable por la autopista Cross Island. Miro los rostros nublados que hablan solos en los autos que me acorralan al frente, atrás y a los costados. Ninguno me mira. Oprimo un botón en la radio. Ahí están los hermanos Marsalis trompeteándome al oído. Nos corta el celular. Es un tal Julio que llama desde Paris. No recuerdo su apellido, pero sí sus huellas. Ahora, todos miran. Me imagino que me ven hablar. (F)

© 2005 José Oquendo

jueves, junio 02, 2005

Never again, you hear me!

Espárragos podridos. Tomillo limoso. Leche cortada. Cilantro apestoso. Mayonesa expirada. Setas con hongos. Todo lo boté a la mierda esta tarde.

La carne se salvó por unas horas y varios minutos, según la fecha de vencimiento etiquetada. La mandé de cabeza al freezer antes de que se cocine y se consuma sola.

Los huevos de granja de suburbio - que por estos lares no es barrio pobre -, coloraditos por fuera y amarillitos por dentro, que me regaló Angela, descansarán en la nevera. Comparto con ella una no sé de dónde carajo atracción por los inventos culinarios. ¿Será porque mantengo bien bajita la tele en el Food Channel mientras muevo dedos dibujando letras y algo se me metió en los oídos y me cansé de mantenerlos a room temperature como me sugirió la italiana?

La verdad, la verdad: necesitaba el espacio para acomodar un segundo paquete de Coors Light que me quiero zampar entero mientras leo y escribo, escribo lo que algunos creen es mi diario y leo El amante lesbiano, de Sampedro - recomendado por el bloguero que sabe que esto no es un diario -, esta noche jodida de un jueves con ganas de nadita de nada.

Todo porque - permiso para maldecir - el fucking invitado a mi cena del martes canceló. Se había hartado de sobras de barbecue que un vecino suyo le regaló la tarde del Memorial Day. El hijoeputa glotón se sentía mal del estómago. Esa fue su excusa, que la hago mía.

Memorize this bitch or better yet, make this your own memorial day, le chillé antes de tirarle el teléfono. Never again, you hear me! Never again!

Y él ni chistó, ni contestó, ni gritó, ni jodió, ni se sintió aludido.

Ahora, desde el centro de la mesa está, rodeada de aguacates maduros esperando convertirse en guacamole, mirándome con deliciosos ojos y diciéndome cómeme ya, una piña olorosa, desodorante al natural para mi recinto nicotinoso. Espérate tantito le digo, que aún tengo papas rojas y cebollas y ajo y mantequilla para la tortilla española con los huevos caseritos de la Angela, los que en la próxima levantada de mi pesado culo para abrir otra cerveza, regresaré a room temperature, como se recomienda. Ya te llegará tu turno, si no me duermo primero.

De todas maneras mañana es viernes, día de cambiar la Light por la Corona heavy, de apagar el Food Channel y escuchar la Camisa negra de Juanes diez veces seguidita o de saborear no diez y sí una vez más a Gael García Bernal en La mala educación.

¡Qué bueno que sal hay en la despensa y los limones no se habrán podrido aún! I hope.

Eso sí. El sábado en la mañana iré a comprar a otro mercado. Donde no lo vea.

Me hace daño encojonarme con alguien que no se encojona.

© 2005 José Oquendo