domingo, junio 26, 2005

La leyenda de Nenita y Justiniano


Desde el tupido bosque de capá prieto y hacia el otro lado de la hondonada que los separaba de la jalda resbaladiza que serpenteante conducía al norte a los invasores de mulas fatigadas, toldos anegados, calzado nuevo y apretado, y torrentes hormonales tan reprimidos como su ansiedad bélica, los campesinos aguzaron su resistencia con los pocos tiros lejanos que le permitían sus armas rudimentarias.

Antes que los ecos se deslizaron escalonados hasta apagarse en el mar Caribe, convencidos de que la toma de Ponce por los norteamericanos era motivación de vítores y aplausos entre los locales, el pequeño grupo de rebeldes enfiló sus caballos en retirada sobre la Cuchilla de Juan González, hacia Pellejas, desde donde habían partido la noche antes.

Un aire de algarabía arropaba cañaverales y cafetales. Cuadrillas montadas llegaban de toda la comarca y se concentraban en la aldea, consumiendo víveres en los colmados, engullendo pitorro y disparando tiros alegres al aire, que le advirtieron a Justiniano y a los suyos que oteaban desde un cerro cercano, que la causa que pelearon sus abuelos en Lares sufría de un percance de mayores proporciones. Quedos, se desbandaron.

Un aguacero torrencial les hizo arder a los soldados sus escaldadas rajas y les arrugó sus pingas despellejadas, las que por meses no habían visto un pelo. Sus caras jinchas fueron dianas rosadas para zancudos guerrilleros que se negaban a entregar sin pelear sus latifundios sin guardarrayas, haciendo su agosto en agosto.

—La hijtoria ejcrita es la palte adolná de la hijtoria pol loj que no la vivieron y hubieran querío vivil-la —dijo Nenita mientras movía la olla de funche sobre el fogón de piedra, avivando tizones y elevando chispas con débiles soplidos.

—Unjú —afirmó sin asentir Justiniano, quien se entretenía afeitando excesos de ausubo con su corva, revelando la figura del santo que el madero escondía en su interior.

—Como había desaparecío sin dejal huella y papa Eloy no estaba por to ejto, fui a preguntal por Nenita a la tienda de loj Caldona, con miedo puej ya habiamoj escuchao los tiros y to el revulú. Nadie sabía na de na. Lo que encontré fue un paquete de pendejoj que loj esperaban degollando puelcos y preparando una fiejta de recibimiento que ni el gobelnadol hubiea recibío. Fue la negra Petra la que me dijo que a Nenita le habían pedío que preparara la comida en la Hacienda de loj Cuarenta, donde iban a pasal la noche loj americano. Pero yo no podía il pallá. Y ej que despué de lo que pasó entre Nenita y yo, el colso me dijo que me mataría si me vía por su finca.

Tino trataba de poner en orden sus pensamientos mientras cortaba con la rasqueta la yerba a la yegua rucia, hasta que llegó el viejo Eloy quien le dijo que un enviado del Corso, quien parecía sincero, le había dicho en una conversación en la tienda de Don Tato, que Nenita estaba bien, que le iba a recompensar por sus servicios de cocinero.

—Puede sel quel colso quiera hacel laj pase con usté y la familia, o sea, con nojotroj, ahora que llegan los americanoj. Yo sé que el sabe que nojotroj también ajpiramoj a la libeltá, aunque pol diferentej medio —le dijo Tino, después de un silencio de largos segundos.

—Bueno mijo si ej así, puej habrá que esperal —le contestó el viejo, con la aflicción sosegada que como sombra no se le despegaba desde el día en que la comadrona no pudo salvar a su esposa ni al otro hijo que esperaban.

En la cocina, separada de la casona, Nenita probaba meticulosamente cada plato que iniciaba la cocinera de la hacienda, añadiéndole granos de sal al arroz con pollo y las hebritas de azafrán antes de probarlo de nuevo y tapar las ollas, bajándole el fuego de la cocina de carbón. Tres empleados de Los Cuarenta, se turnaban tornando los lechones, que Nenita pintaba a brochazos con manteca de achiote y acomodaba los leños para que se asaran parejos. Todo estaría listo al atardecer del 2 de agosto, cuando acamparían las primeras tropas del Cuerpo de Ingenieros, dirigidos por el General Roy Stone.

Entrada la madrugada, cuando cansado del ajetreo se disponía a dormir sobre un petate, unas manos poderosas le agarraron las suyas inmovilizándolo y otras ansiosas le bajaban de un jalón los pantalones. En una borrachera mareante y una llovizna de vómitos de lo que les quedaba sin digerir, se le eyacularon adentro y afuera a quien les había preparado la comida. Los gritos de un guardia, el más apuesto y más decente de todos según le contó más tarde Nenita a Tino, espantó a la jauría que se alejó dejando un vaho de espíritus fermentados. Le desató la cuerda, lo ayudó a vestir sus pantalones cagados, le limpió la cara con un paño mojado y, temblando tanto como Nenita, a hurtadillas lo condujo por el camino que se encargaba de vigilar, el que daba al río de la casona. Antes de alejarse, Nenita lo escuchó decir algo con una voz dulce, como de consuelo, en un idioma que no entendía.

Le pareció haber perdido lo ganado meses antes cuando gozó de contento con Justiniano, media tarde y una noche de luna llena en el higuillar de Los Cuarenta. Don Eloy los buscó hasta la noche con hachos de lumbre, gritando sus nombres por veredas y hontanares. Un empleado de la hacienda los encontró a la mañana siguiente, abrazados y desnudos de la cintura para arriba, como nunca se imaginó encontrar a dos machos a la vera del camino.

—Yo le dije que no fuera pallá, pero Tino siempre fue testarú. ¡Dímelo a mí que lo conojco dejde que se criaba! Si en la ciudá no loj pudieron paral, ¿qué íbamoj asel nojotroj en el monte? Cuando me encontró y me dejpeltó, parecía una aparición nublá. Yo que creí que lo habían matao... —dijo dejando escapar una carcajada tristona antes que lo atacara un acceso de tos que le arqueó la espalda.

—Y al que casi mataron los dejgraciao fue a él —murmulló Tino después de un escupitajo de saliva de tabaco disparado desde su destentada boca, recordando cómo lo encontró tumbado en pelota y de cara al sol sobre una piedra del charco azul, donde se fue a lavar su magullado cuerpo y su apestosa ropa, producto de la violenta violación de la que fuera objeto.

No les importó lo que a leguas era secreto ya mil veces saboreado por las lenguas del cotilleo, y con la bendición de Don Eloy antes de su muerte, construyeron su casa de guayacán y maga,con un balcón blanco guirnaldado de rosas trepadoras al otro lado del glacis, que fue causa de envidia vecinal. La casa grande la convirtieron en almacén de granos y hospedaje para los trabajadores de la finca.

Dieciocho años después, se corrió el rumor de que un oficial militar que acompañaba al Presidente Theodore Roosevelt, que visitó el pueblo cuando viajaba a la construcción del canal de Panamá, se atrevió a preguntar por el Nenita.

—Esa palte es un rumol que nunca he podío confilmal. Para entoncej, ya el pueblo tenía putaj, y yo y Tino vivíamoj bien apartaoj de la gente. ¿Quién iba a necesital de alguien que loj odiaba tanto?

Justiniano y Nenita convivieron juntos, justo hasta el 26 de julio de 1952, un año y unos meses después de concederme la entrevista. Nenita murió de tuberculosis y Justiniano, que ya presentaba los síntomas de la enfermedad, se quitó la vida con un veneno para ratas que le aguó la sangre hasta desangrarlo, tres días después del entierro de su amante en vida, sin herederos que pudieran contar su historia.

Más tarde, el gobierno muñocista expropió los terrenos y los repartió en parcelas de cuatro cuerdas a los campesinos pobres. Todavía hoy, en el empalme de caminos que conduce a la flamante comunidad rural, bajo las cicatrices endelebles de dos corazones heridos con una flecha, se ve un despintado letrero en el tronco de una ceiba centenaria que dice Hacienda La Nenita.

© 2005 José Oquendo

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