sábado, julio 23, 2005

Sueño babilónico


Te he visto varias veces esperar el tren, al final de la estación, en madrugadas que agonizan. Y te he escuchado varias veces decir good morning así de lejitos, con tu mano y sonrisa al aire fresco confirmando tus deseos.

Y te he respondido con mis manos y sonrisas y un medio saludo militar machista, como si aún vistiera mi uniforme cintura 29 y camisa small, y el don´t ask don´t tell me confundiera de impaciencia las sienes.

Admito que hasta me masturbé pensándote, imaginándote cual terremoto desnudo de eyaculaciones volcánicas: por arriba, por abajo y a mi lado en el lecho compartido, cual compañero de barracas lejanas.

Hoy, un día soleado me regaló tu presencia sin trenes que abordar. Y nos saludamos y nos dirigimos unas palabras, y aunque no te pareces en nada al de mis albas oníricas, algo de ti en mi me dice que eres el mismo con quién soñé en Tikrit.

Manipulando perfiles

No se aparta de mí la vez que el policía me encontró subiendo a mi carro en el solar abandonado un poco más allá de la estación del tren donde fui a reunirme con algunos voluntarios deambulantes que por allí transitan, conviven, duermen y a saber qué más hacen en su mundo tan cerca y tan distante.

Parecía esperarme. Me pidió los documentos de identificación, interrogándome con un desparpajo suficiente para obliterar de mi mente su obvia guapura. Que qué putas hacía yo, me dijo el prepotente, luego de chequear mis datos con la computadora matriz, hacía un tipo de tan buena presencia, con carro del año y licencia de conductor limpia, arriesgando su seguridad personal por tan oscuro paraje. Le dije que estaba investigando un trabajo, y él que mi carné de prensa había caducado unos días antes, como si yo no lo anticipara al mostrárselo y no fuera capaz de adivinar su reacción. Satisfecho de que no extendió el interrogatorio más allá de lo necesario ni llamó refuerzos, me alejé, con un encabronamiento que me duró días.

Una semana después lo vi viéndome desde un teléfono público, cuando salía de la bodega con un paquete de seis bajo el brazo. No bien había cruzado la calle, detiene tempestivo su carro patrulla, se baja ligero y me bloquea el paso en la vereda de la plaza central, espacio verde y manicurado que nadie visita desde que el alcalde hizo remover los bancos.

Es que no conforme con las razones que le di para estar allá aquella noche, quería interrogarme de nuevo, obviamente insatisfecho con mis respuestas.

Que dos individuos hispanos, me dijo, uno que no sabía inglés - mi conexión con la comunidad de desamparados, aparentemente -, y otro que sabía buen inglés - yo, supuestamente -, habían sido vistos huir del lugar justo antes de que una muchacha fuera violada sexualmente en los derredores del solar abandonado. Que un joven desamparado a quien yo había entrevistado le había dicho que yo era, y así dijo extendiendo con énfasis elástico silábico: ho...mo...sex...ual. Que se me notaban a leguas mis intenciones, que el brazalete colombiano de hilos de colores que lucía en mi muñeca izquierda como mi diamante en el lóbulo de mi oreja derecha eran muestras de a saber qué diablos, y que aquella noche y según el otro entrevistado yo había estado de cruising.

Su verborrea diarreica que amenazaba llegar a la cúspide de los robles y los abetos, no fue lo suficiente para intimidarme.

Y le contesté que primero que todo oficial, ¿cómo se llama usted?

Y él, ocultando su número de chapa acariciando el botón de su radio en su hombro izquierdo, me dice que el súper del edificio donde dije vivir no me conoce.

Y yo, que si no vivo donde vivo, ¿dónde carajo vivo, según usted oficial sin nombre o número, y el súper que desconoce quién vive en los edificios que administra? ¿Que no corroboró mi dirección con Motores y Vehículos? Y aparte, ¿qué tiene que ver todo esto con sus interrogaciones that don´t make any sense?

Que necesito su nombre y número de placa antes de continuar.

Bajó el brazo con un leve temblor en la mano. Y me dijo oficial Ramírez y yo memoricé el número, ahora al descubierto.

Ahora que ya sé con quien hablo, oficial Ramírez, le diré lo siguiente para que se le quede bien claro: soy ciudadano norteamericano, pagador de impuestos, trabajador en un deli italiano de Long Beach, periodista free-lance, vivo en el lugar donde vivo, y ya que lo menciona, sí soy gay como muchos y si tiene razones para seguir interrogándome en público le sugiero que se apresure y me las dé porque no me interesa seguir perdiendo el tiempo con un oficial policíaco tan raro como usted.

Que necesito su teléfono, por si a los detectives que investigan la violación les interesa comunicarse con usted. Usted sabe, por si vio algo sospechoso. No que fuera usted el perpetrador del crimen... Aquí no supe si el ustearme fue señal de respeto o de estrategia manualizada, recuerdo de alguna lección de la academia.

Y yo, si eso es lo que quiere, ¿por qué tanto rodeo? ¿Por qué menciona mi orientación sexual, que nada tiene que ver con el ejercicio de mi trabajo, ni con el suyo espero, ni las condiciones infrahumanas en la que viven tantos desamparados en el pueblo?

Y por ahí seguimos, sin nada de flojeras ni aires disculposos.

Regresé a casa con un taco en la garganta que no pude desahogar hasta cuando vomité esta nota o alguna similar y se la envié vía email al editor, quien casi me llama mentiroso, que el tema era muy comprometedor y que era mejor no publicar nada por el momento. En su lugar, leí más tarde, redactó unas líneas basadas en el parte de prensa oficial, y mutiló la nota que sobre la búsqueda de los violadores de la estación del tren, había publicado otro periódico, y la firmó con el seudónimo de siempre.

Redacté una querella oficial contra Ramírez que no sometería hasta una tercera interrogación, que me propuse sería la última. No pasó de la segunda. Nadie vistiendo uniforme ni con pinta de agente encubierto me detuvo, me llamó, ni rondó el edificio, ni tocó a mi puerta.

Semanas después me enteré que el oficial novato había sido suspendido del cargo. Aparente abuso de autoridad, manipulación de evidencias contra detenidos, acoso sexual de menores y apropiación ilegal, justificaban una investigación interna. El fiscal de distrito iniciaría la suya.

Yo no volví a llegar por el solar refugio de desamparados ni a enviarle notas al editor, quien insistía en que escribiera mis impresiones sobre Ramírez, con exclusividad, que ya arreglaría con el dueño para que me pagara lo que me debía.

—No gracias, —le dije —ahora me entretengo escribiendo historias imaginadas sobre policías, políticos y periodistas corruptos.

viernes, julio 22, 2005

Disparate X

Permíteme dice lengua
que yo las vi primero
hablo de venas de vigas
de vertientes volcánicas
herrumbres suspendidas
aires ensecretados
aceleraciones respiradas
endurecimientos de tallos
seguidos de ablandamientos
todas y todos, y todos y todas,
salpicados de gotas sexuadas

Permíteme dice lengua
acariciando suspensos
con lengüetazos ensalivados
casi en la Patagonia del ombligo
de ese mundo por ti adueñado
en cinco minutos eruptivos
ofrendando pecados eyaculados
palpitaciones saboreadas
entre cuatro labios deseándose
ser víctimas sacrificadas a media noche
ser ventanas furia de fiesta mutua
ser puertas al baile de chorros palatales

domingo, julio 17, 2005

Remezón

A medida que el ruido se hacía más insoportable empezó a temblar la tierra de afuera hacia adentro.

-Lo que está pasando arriba no es nuevo. Sucedió en las montañas, valles y llanos costeros que habitaban nuestros antepasados. No conformes con diluir nuestra sangre, tomar nuestras tierras y esclavizarnos, ni siquiera después de tanto tiempo, nos permiten el descanso eterno al socavar nuestras tumbas sagradas. Vendrán por nosotros, y como han hecho antes con otros desenterrados, nos pondrán en vidrieras separadas y mucha gente que ahora parece tomarnos en cuenta, vendrá a vernos. Pero no se preocupen, nuestro espíritu ya ha entrado en sus cuerpos y aunque mueran ahogados en el río que hoy quieren domar, los seguiremos habitando...

Cuando el anciano terminó de hablar, volvió el silencio y reinó la quietud, al tiempo que todos se sintieron tocados y elevados por las mismas manos que hacía poco, hacían temblar la tierra.

jueves, julio 14, 2005

¿Por qué no sales esta noche?


A mi regreso de La Cotorra no pude conciliar el sueño. No por haberme dado unos tragos de más o de menos, sino porque me la pasé cavilando en torno a mi visita anterior a Eric y a la que le prometí para el día siguiente, éste que apenas empezaba. Aunque él mismo me convenció de que tenía que hacer algo cabrón y divergente para despejar mis demonios rutinarios, el tono de su voz me hizo sentir, no sé, quizás culpable.

-¿Por qué no sales esta noche? Necesitas un poco de diversión... No te preocupes por mí. El hospital es el mejor lugar cuando se está enfermo -me dijo ayer al concluir la hora de visita por mí dilatada hasta que la enfermera me pidió, debo decir, me obligó salir.

Y luego, mientras yo contaba los minutos que me tardé del hospital a mi piso, me llamó para inyectarme el entusiasmo que necesitaba al anochecer.

Hemos sido amigos por muchos años, pero cuando supe lo de su enfermedad casi me desplomo al suelo, se me cayó el mundo encima y me creí más amigo. Fue él quien sacando fuerzas de donde no las tenía, me las prestó para juntos enfrentarnos al vil mal que poco a poco iría consumiendo irremediablemente su vida y carcomiendo terriblemente la mía.

Y es que cuando a uno lo golpeaban las crisis efímeras, ahí estaba el otro para ser el seguro compartidor de bondades y bienes y alegrías, o el paño de lágrimas que al final producía de la nada del desespero, soluciones espontáneas, ocurrentes.

No es que seamos amantes o nada semejeante. Verán: es que casi siempre íbamos juntos a los antros. Los que no nos conocían del todo bien, juraban en cotilleos secretivos que en cadena reaccionaban alimentándose hasta convertirse en el chisme fácil y novedoso, de que entre nosotros había mucho más que amistad.

Hasta se quedaba en casa durmiendo en mi cama y yo en el sofá cama cuando nos sorprendía el alba en duermevela dos o tres estaciones ferroviarias más allá de nuestro destino y nos regresábamos con mucho más sueño que el que traíamos antes. Y más tarde él se levantaba a levantarme con los olores y sabores logrados con su alquimia culinaria.

Total, que anoche me animé a salir y me divertí un rato bailando solo bajo la bola discotequera, con alguien que con pectorales desnudos y sudados en los espejos en contubernio narcisist, poca atención me prestaba después de convidarme. Mucho gusto me dijo sin decir su nombre después que me le presenté. El DJ fusionaba dance con salsa, hip hop y reggaetón, tan fácil como cambiarse de calzoncillos, hasta que se interpuso entre aquel adonis gimnástico y yo, Óscar, con quien ya había tenido un par de encuentros casuales, sensuales, y por qué no decirlo, sexuales.

Juro que no sabía lo de su relación y me agüevé cuando lo supe, al punto que hasta el día de hoy no se lo he comentado. A Eric, por supuesto. Estoy hablando de tres o cuatro años atrás, cuando dejé de verle a menudo y cuando sucedía, siempre estaba acompañado de Óscar.

Parecían felices, concluí, después de un par de días amargos que terminaron endulzándome de gozo. Después de todo, ¿quién era yo para interferir en su ventura?

Y es que Eric es uno de esos que nacieron para estar acompañados, rodeados de gente, bullicioso y jacarandoso como el que más, enemigo acérrimo de la soledad. En La Cotorra, las veces que los tipos no le hacían ruedo mientras bailaba, eran veces nocturnas vacías. Como se alimentaba de las multitudes y respiraba de sus aires, pudo haber sido un gran artista.

Tocaba nalgas firmes adrede y en los orinales chequeaba de frente y abajo al vecino. Las miradas asolapadas no habían sido inventadas para él. En los desfiles veraniegos la confusión de multitudes no lo confundía. Tenía su radar bien enfocado. Era el primero en iniciar el jolgorio y el último en terminarlo. Era todo lo que yo nunca me atreví ser.

Por eso lo visito cada día desde que fue recluido.

Y si voy a llegar tarde, lo llamo.

A veces me cuenta de que tal o cual se acordó de él, y me muestra muchas tarjetas firmadas con deseos de pronta recuperación, con nombres de amistades que ni conozco y si los conozco, no me recuerdo de sus nombres, ni las situaciones comunes, encontradas. Y le digo que sí, que qué bonito que se acuerdan.

Anoche Óscar ni siquiera me preguntó por Eric, aunque por lol menos me saludó de lejos.

Ellos rompieron precisamente cuando Eric necesitaba más, aunque sé y tengo que reconocer, que a principio lo visitó un par de veces, aunque no coincidimos.

Mis intentos de anoche por hacer un aparte para ponerle al día sobre la condición de su ex fueron inútiles: siempre interrumpidos por su nuevo acompañante, un bicho vivaracho mucho más joven que él, que Eric, que yo. Un huracán de sudores en la pista de baile y un pulpo estrangulador fuera de ella, a quien no le soltaba ni pie ni pisada ni para comprar una cerveza más o para ir a orinarla.

Parece que Eric se nos va: a él, a mí y a todos.

Nunca le he confesado que estuve con Óscar. Él siempre ha creído que la abrupta ruptura de ambos fue culpa propia. Eric no lo sabe. No, no lo sabe ni he tenido el coraje ni los cojones para decirle, que quien salió aquella noche con Óscar y otras noches no confesadas, fui yo.

Es que lo veo así tan acabado, tan al borde, que no quiero acelerar su fuga con una emoción inesperada.

No creo haber pegado los ojos por más de dos horas. Bañé mi cuerpo fatigado, me eché gotas de Visine para aclarar mis ojos rojos y pulí con crema exfoliante mi cara demacrada.

Como es domingo le compré The New York Times, asegurándome que incluyera The Book Magazine, unas chocolatinas Hersheys con almendras que le gustan tanto, y un ramo de flores amarillas de desconocido nombre y que al llegar puse en el jarrón que ocupaban los marchitas de la semana pasada, con agua fresca que me ofreció Mariela, la asistente de enfermería cuya presencia de turno esa mañana me reconfortó. Ella se encarga de cambiar el agua al jarrón y de botar las marchitas flores cuando llegan nuevas, y de lavar las sensitivas partes impúdicas de Eric, entre muchas otras cosas que hacen del multitasking una faena casera. De mantenerlo cómodo mientras avanza en su vagar sin freno por la última curva.

-¿Cómo ha estado? -le pregunté, mientras escuchaba su roncar con debilidad irreconocida.
-Lo desperté para el desayuno, le tomé la temperatura y después, como pude hice que tomara avena con miel de maple, una tostada bien tostada y jugo de naranja. Luego de bañarlo, que hoy le toca, quiso que lo dejara en la cama, contrario a las órdenes de la enfermera de cabecera que pide que lo siente, que lo haga caminar, que lo ejercite... Ha dormido un par de horas.
-¿Qué dicen los médicos?
-Don Javier: eso va a tener que preguntárselo a Carol, la enfermera.

-o-
Después de hacer el amor por segunda vez, Mario siente otro tipo de hambre. Pasamos por la Pequeña Colombia, nos comimos un recalentado y nos despedimos: él por su lado, yo por el mío. Luego pienso en Javier y en lo mucho que me pudo decir anoche y no dijo, quizás porque yo no le pregunté, quizás porque él no se atrevió decirme, como la primera vez que nos conocimos, cuando yo ya llevaba varios años conviviendo felizmente con Eric. Total, que voy hasta el hospital, después de comprarle un ramo de claveles rojos y unos dulces Almond Joy, combinación de chocolate con coco, que sé le gustan tanto. Casi al salir de la tienda, agarro el último sofcover de vampiros de Anne Rice. Cuando llego a su cuarto, está dormido, roncando con la debilidad con que roncaba cuando parecía no hacerlo y yo lo miraba reflejado en el espejo de la pared.
-0-

Me da pena con Javi. Desde que fui admitido al hospital ha venido todos los días y cuando va a tardarse llama a la estación de enfermería para que me digan que ya llega.

A veces me despierto cuando una mano tibia acaricia la mía y mis ojos apagados se encuentran con los suyos, tan vidriosos como me imagino están los míos, como si nunca se hubiera ido desde que me trajo aquí a saber cuántas semanas atrás.

Pero ayer, creo que fue ayer, fue el colmo, casi le reclamo, le exijo que saliera, que me abandonara, que se divirtiera, que no se preocupara tanto por mí, que para eso estaba el personal del hospital, para hacer confortable mi vida, o lo que me queda de ella.

No es que seamos amantes ni ocho cuartos. Somos buenos amigos. Recuerdo que cuando salíamos juntos a los bares, todos pensaban que lo éramos.

-Ni que fuera lesbiana -le espetaba con picardía a quien osaba comentarlo. Y todos carcajeábamos, como si el suyo fuera un chiste nuevo.

Eso sí, siempre quería bailar conmigo primero, antes que los demás me hicieran rueda.

Ahora, dos manos recordadas, la una tosca y la otra suave, me fuerzan a entreabrir los ojos. Ahí está Oscar con su sonrisa de siempre. También Javi, radiante. Y aquí estoy yo en un triángulo de manos agarradas.

En la repisa de la ventana junto a un cristal lagrimoso, hay un jarrón con apretadas flores amarillas y rojas, al lado de dulces que no probé, y páginas que no leí.

-Que sean felices -alcanzo a decirles antes de cerrar los ojos para siempre.

Ninguno sabe lo que me llevo, pero ya sabrán lo que les dejo.

sábado, julio 09, 2005

El gaydar y los tacones de charol

Salió del cuarto luciendo los tacones de charol que su madre calzaba en las fiestas de quinceañeras desvirgadas, con los labios pintarrajeados del carmín de su hermana. Se desplazó como novia exquisita escuchando la Marcha Nupcial de Mendelssonhn, luciendo el blusón de cinco y diez, que su abuela paterna, antes de morir hacía unos meses, vestía sin bragas mientras preparaba su té de jengibre antes de acostarse para soñar con el abuelo muerto que venía a calentarle las sábanas frías y a cosquillearle con el dedo índice el trasero aguado.

Así salió. Con la inocencia de quien puede contar sus años con los dedos de las manos y le sobran dedos. Me lo contó mi hermana y yo, que me lo creí todos éstos años, por aquello de que las madres, aún las irracionales, a fuerza de los primeros hipos, gateos, pasos, cagadas y meadas, y de adivinar el lenguaje ininteligible y, si nos descuidamos, los besitos con los otros, o peor, cuando jugamos hasta pararnos las pinguitas picudas sobre los huevitos arrugados, terminan, al menos eso nos hacen creer: sabiéndolo todo.

—¡Es que Gelito, salió a ti! ¿Que no me entiendes? El menos que esperaba parece que nos salió patito... ¡Tenemos que hacer algo! —me gritaba en el teléfono al relatarme entre estridencias y con lujo de detalles la última travesura/show, el primer despojo de plumas, la ópera prima de mi pequeño sobrino, el segundo y último varoncito que parió antes de concluir su rol de engendradora.

De Gelito, el primero que no se parecía a los demás, dijo así mi hermana con su coloquial desfachatez, entonces, y repito aquí y ahora: salió patito. En lugar de, como supe que dijo de mí cuando entre lloriqueos loqueros le confesé a mi madre a mis veinte y tantos, y mi madre a mi hermana minutos después, y mi hermana a su marido, y delante de los niños horas más tarde, y los niños a sus primos al otro día en la escuela, de que a mí no me gustaban las mujeres y que me había metido a pato.

Así era la cosa. Su hijo salió. Yo me metí. Como si su hijo no tuviera alternativa y yo si.

—¿Pero quécho yo para merecerme esto? Que no se entere Fabián, que tú lo conoces muy bien... Que es capaz de fugarse y venir a darle la paliza del siglo al muchachito... ¿O será que debo empezar a llamarle otra cosa? —me preguntó como asignándome las responsabilidades maternas que carecía, de nuevo, entre sollozos, antes de que yo le lanzara la repostada que su histeria demandada.

De que se calmara de una vez, le dije. De que su marido estando tras las rejas una lección o dos de patería habría aprendido, después de todo uno la metía, se la metían, o ambas cosas, no sólo salía.

Y ella, que no seas así, que cómo te atreves decir algo semejante, que macho si lo es aunque ya no lo quiera un carajo. Que machito lo sería contigo, hermanita, le contesté. Y se quedó pendeja, y mejor no preguntó qué más sabía yo de su ex.

Que era normal todo esto, creo haberle dicho a quien una vez dijo que lo mío era aberrantemente anticristiano, propio de zarrapastrosos merecedores de vejámenes satíricos y festivos en plazas de pueblos olvidados, y aunque no tanto como la muerte, me merecía un buen castigo por tan vulgar insolencia.

Que le amaran con el entusiasmo soez con que me odiaron y odiaron a los que a mí hasta ahora se han atrevido a quererme.

Que se mordiera la lengua antes de decir que era mejor tener hija puta que hijo pato o que mejor tecato y que para eso había tratamientos y si no, siempre se le podía achacar al ambiente podrido de la pobreza.

Que no lo subestimaran y humillaran. Que era cuestión de probabilidades. Que nadie tenía la culpa y menos ella.

Que el nombre correcto de su orientación sexual, escúchame hermanita para que se te clave en lo poco claro que aún queda en tu cerebrito, si es que ésa era la causa de tu quebranto, no era ni pato, ni maricón, ni faggot, ni marica, ni joto, ni nenita, ni loquita, ni bugarrón hijoeputa.

Que no se le mojaba la canoa, que no era manita quebrada, que no era del otro equipo, ni tampoco del otro lado, ni que se le caían las plumas y, que si fuera así, así como lo decía ella entre dientes para mí y, para los demás a los demás a los cuatro vientos, que la canoa era de él, y que el equipo era el que todos los que como él habían formado y que se posicionarían del lado más placentero, que para eso era el cuerpo regalado por diosito y esas manos y esos labios y esas vergas paradas y esas nalgas abiertas de par en par.

Que era su hijo. Era mi familia. Y que al final, quiérelo o no, a los hijos se les quiere igual, sin importar a quienes quieran, con quienes se acuesten despiertos o dormidos o sueñen, entre otras tantas pendejadas pensadas o sin sentido.

Santo y bueno. No me volvió a hablar más del asunto en años, hasta el otro día.

A medida que Gelito crecía con manierismos epidérmicos y ambiguos, con dramas de parpadeos abanicados, manitas quebradas de patito de barrio y un cierto aire de sofisticada distinción del niño diferente que era y que al parecer nadie más era capaz de ver, me convencía y a lo mejor incitaba a mis parientes las posibilidades de que el espectáculo que el chico diera a sus ocho años, y que motivó los desgarres siempre tan desgañitados y nunca bien silenciados de su madre y la asolapada duda de los que entonces fuimos víctimas de aquel nerviosismo de cataclismo por ella creado, no había sido enterrado muerto en el olvido, y sí resucitado vivo en el recuerdo.

Hace unos meses durante la fiesta familiar navideña, Gelito terminó fertilizando mis dudas sobre mis dudas, al decirme que una semana atrás una mujer encargada de la seguridad le advirtió mientras esperaba en la fila del baño de una discoteca, de que el antro que visitaba era frecuentado más por gays que por straights. Que de hecho, era un bar gay, si es que tal cosa existe. Me dijo que después de mear las cuatro cervezas consumidas, mirarse en el espejo de reojo y desear sacarse, allí y entonces, los vellos de más que creía se le echaban de ver en sus cejas hace días acicaladas, y mirarse de perfil para arreglarse la camiseta ajustada sobre su pecho de su cultivada musculatura se fue con su novia garbosa a otro bar derecho avenida abajo, dónde el look de ambos era la norma.

No comenté a mi hermana el incidente confesado por su hijo, hasta hoy, después que Roberto, el hijo mayor de mi hermana, el que le llevaba tres años a Gelito, aprovechando la fiesta del día de padres al que su padre que recién había salido de la cárcel, no faltaba más, no había sido invitado, y celebrada en New Jersey, lechón asado y arroz con gandules incluido, a la que concurrí a regañadientes con mi hermanita quien temía manejar por autopistas por largas horas, les presentó a todos su nuevo amor: Jon.

Sí, Jon, así como en Jonathan.

Me creí mierda y oro a la vez. Entre todos los asistentes de la parranda, fui yo quien me sentí más ignorante que todos al escuchar durante una contemplación estupefacta seguida de vítores y aplausos de la gente que celebraban el descloseteo público que otrora causaría vergüenza del pueblo entero.

Mi sobrino, el desconocido, freak de gimnasios, adorador de imágenes davidescas, idolatrador de machos cabríos, al que nunca lo fijé en mi radar, quizás, ahora creo, por no verme reflejado en él, a quien no llegué a conocer cuando crecía por estar pendiente de las señales ilusamente estereotípicas que enviaba el Gelito, me dejó perplejo.

Ahora mi hermana me repetía la misma cantaleta hasta partirme el cráneo en dos sesos mientras bajaba conduciendo la cuesta culillesca hacia el Verrazano Bridge, que mi sobrinito Gelito, el que todavía a saber por qué mierdas aún lo chiqueteo a sus veintitantos y que después de tanto tiempo todavía, ella insistía, se parecía y hasta actuaba como su tío, yo, y un hasta aquí las semejanzas le grité, había preñado a su novia de trece meses y que la boda de ellos sería la mejor, a la que me invitaba, la primera de un sobrino, si es que Roberto y Jon no se le adelantaban y daban su cacareado viajecito a Boston.
Salí del cuarto con las botas de obrero que mi padre, cuando estaba con nosotros, calzaba a diario. Con los labios pintados con el pintalabios que mi hermana comenzó a usar cada viernes en la noche desde que cumplió dieciocho. Salí con la bata que mi madre vestía sin pantaletas, dibujándose en contraluz fogonera mientras derretía el chocolate Cortés antes de acostarse a soñar con su marido emigrado a California y a quien se imaginaba visitándola cada noche, colándose entre las sábanas frías para calentarle el culo caliente y sudoroso con su erecta y encapuchada pinga.
Fueron mis primeras señales, muchos años antes que con la fe de quien puede decir soy quien soy sin temor a equivocarse, le dije a mi vieja que me había encontrado .

—¡Baja la velocidad, carajo! —me dijo mi hermana mientras le conducía su vehículo por el Belt Parkway a ochenta MPH —Que ya no estamos en New Jersey, que aquí el radar de la policía, contrario al tuyo, sigue funcionando.

De colores en la ínsula pisada


En una ínsula hoy metropolizada y por nada barata, de cuyo nombre me acuerdo a cada rato aunque no logre arrimarme a ella cuando quiero, no hace mucho tiempo que vivía un ser de machete en mano, plegoste de manchas de plátano en las sienes, un josco cerrero en el pastizal y una perra sata en el batey.

Una olla más arroz que gandules con huevos fritos las más noches, sopa de fideos y salchichón y papas en su caldo de día, bacalao frito con cebollas y aceite virgen puro de oliva Betis, por añadidura los domingos, consumían los parcelarios de la comarca, felizmente.

Hasta que un día apenas recordado por quienes debían recordarlo, a los capitalinos se les ocurrió dividir la variopinta isla en colores primarios, sabores básicos y banderas rectangulares.

Azul y rojo, alfabéticamente ordenados. Stuffed Crust de Pizza Hut por aquí y Happy Meals de McDonald´s, I'm lovin' it, por allá. Monoestrellada tricolor a la derecha. Multiestrellada tricolor a la izquierda, juntas pero no revueltas.

Y la moda se regó como reggaetón culero.

A los cañaverales los pisaron flamboyanes, a los cafetales los chingaron jacarandas y los guayacanes que resistían la invasión, sodomizados por la yerba merqui, se deshidrataron uno a uno formando un esquelético armazón difuso sobre el horizonte, punzando el aire gris de cerca, como paisaje invernal norteño.

Cuando quise y pude arrimarme a ella, me asaltó la incertidumbre: no tenía ropa de colores apropiados, no sabía qué pedir de comer y, aunque supiera, pocos entendían mi lenguaje, como si el hijo del de machete en mano hubiera aterrizado en un país foráneo.

viernes, julio 08, 2005

Mama


-La madre que amamanta a su bebé le brinda salud y un mejor desarrollo físico, mientras a ella le ayuda a bajar más fácil las libritas ganadas durante el embarazo. Más detalles en el noticiero de las once -dijo el locutor.

-Qué interesante -pensó ella antes de escuchar la primera palabra que su primogétito articulaba: mama.

viernes, julio 01, 2005

Tuertas Confesiones




(A O. M.)

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Cuando los abrí, el mundo a mi derecha había desaparecido. Quise agarrarme del poste que estaba ahí un segundo atrás y mis manos sólo se alzaron para palparme la cara sangrante. Caí de bruces y a ras de acera vi a mi izquierda a mi hermano un bloque más abajo. Parecía un lobo feroz abalanzándose sobre ellos. Nadie gritaba, o sí, pero no los escuchaba: mi vista forzada me bloqueba el oído.

El golpe de las luces de la ambulancia me hizo llorar, por un ojo lágrimas, por lo que quedaba del otro, sangre, como no me hizo llorar el que me demolió, no por mí - ya habría tiempo para consolarme - y sí por Milo, el menor de los cuatro. El que había llegado por estos rumbos casi cinco años después que yo y para celebrar su primer pago en su primera semana de trabajo, lo llevé hasta Hempstead esa madrugada, ignorando la advertencia de Chui, con quien habíamos celebrado a saber qué cosa horas antes, con comida casera a seis manos y a seis ojos. Chui: sus bistés con móshrums. Yo: el arroz catracho con chiles y cebollas. Milo lavó los platos después de nuestra última cena donde Chui, antes que yo saliera a la bodega a buscar otro seis, por tercera vez. Milo llevaba en su bolsillo derecho, como siempre desde que llegó a Nueva York, el bulto objeto de bromas de quien lo conocía. Chui le preguntó esa noche si la parazón que le forzaba el jean era permanente. El se sonrojó. No dijo nada. Sólo se acarició el menjurje hechizado anudado en un pañuelo que para la buena suerte le había preparado en Chinameca una vieja amiga de la familia y del que juró no separarse nunca hasta regresar, sano y salvo, menos niño y con más plata.

—¡Nohombre! ¿Cómo se le ocurre? ¿Qué van a hacer en Hempstead a estas horas? Mejor quédense, pasen la noche aquí. Abro el sofá cama y ya... —nos reclamó Chui antes de que saliéramos con la visión nublada con arrechos de medianoche.

—No, es que quiero llevar a Milo a las putas, que está virguito... —le dije en voz baja, aprovechando que el cipote estaba en el baño, de seguro para pelarse la verga y lavársele con Dial una vez más, o refrescarse con colonia ajena o enjuagarse la boca con los dedos. O las tres cosas. Lo que no le dije a Chui ni me atrevería a decirle nunca fue lo que pensé, y esto lo recuerdo muy bien: que temía que Milo se iniciara con un joto como él, como me inicié yo; pecado imperdonable por diosito santo y conjuro de mala suerte que he cargado desde que le conocí y me convenció con su labia de hijoeputa para pasar noches largas junto a él, en eyaculados arrebatos que disfrutaba primero e intentaba lavar después, como si con ello los borrara de mi mente.

—Para mí, lo mejor es que no salgan. Es tarde, es sábado en la noche y la calle está llena de malandrines... —o maleantes, o mareros, o gente así, creo haberle escuchado decir.

Y yo, que no se preocupe Chui, que ya me conozco la calle, que aparte lo hago por el chamaco, ya sabe usté, o qué puta va a saber si nunca se ha tirado a una, pensé callado, o quizás le dije, no recuerdo.

Nos fuimos con el acostumbrado cuídense de Chui zumbando como avispa en las orejas y agarramos el último bus de media noche, para ahorrar, que el taxi es caro. Y entramos al Latin Palace después de pagar entrada y pedimos un vino blanco, que no sé hasta el día de hoy por qué tenía que serlo, para él, y una Corona, otra más, para mí. Y la chica que nos atendió le pelaba el diente de oro al Milo y se inclinaba al servir así como adrede frente a él, para que le viera las tetas adiposas, mientras a mí me daba la espalda rolliza, como si Milo fuera más guapo que yo. No sé, pero si nos pusieran los dos en pelota y a ella a escoger, quién sabe si lo escogería igual. Que le llamaban, todavía lo llaman pues de aquello no ha perdido ni un milímetro, El Burro, al Milo, no por lo bruto y sí por lo vergón. A sus catorce años, y ya íban seis, impresionaba hasta a los más viejos, mejor dicho, los que le llevábamos un par de años y que la hubiéramos querido tener tan cabezona como él, cuando nos pajeabamos en el río. Si ella iba a escoger, pues ni modo, total, que yo tenía a Chui cada vez que quería y no se enojaba y a mí ya me empezaba a valer verga el pensar en los pecados de una iglesia a la que no iba desde que me obligaron a hacer la primera comunión.

En una mesa contigua a la nuestra, había un chamaco, con bozo de cipote, que con la sonrisa perfecta se me antojaba deseable y por eso nos saludamos en silencio al sentarnos y hasta nos miramos un par de veces, como el que no quiere la cosa. Y luego, cuando él dibujaba círculos suaves con el índice en la boca de la botella, yo, aprovechando que Milo miraba a la tetona, le piqué una guiñada que me contestó mojándose los labios con la lengua.

Al otro, que estuvo siempre de espaldas y que, asumo, era su amigo, no le hubiera adivinado el rostro aunque estuviera en juego mi vida, pues nunca se volteó a mirarnos, ni nunca sacó su cabeza del suéter de capucha que le zocaba como prepucio encogido. Ambos consumieron Coronas con limón y sal como si no hubiera algo más qué pedir. La mesera adivinaba en la distancia los pedidos, inpulzada por las propinas ofrecidas a cada servicio, que para eso teníamos pisto, en lugar de al final como cuando se termina de comer, cosa que aquí no se hace. En el Latin Palace sólo hay aperitivos para culeadas.

Cuando pareció que Milo no podía conquistar a la tetona, que terminó prestándole más atención a un tipo maduro que le tocaba por mujeres como tú hay hombres como yo pegadito a la vitrola, y a mí ya no me interesaba ver al chamaco jugar con la botella, salimos del lugar. Milo me confirmó horas después que éllos, los tipos de la mesa de al lado, nos siguieron. Nada raro a las tres de la mañana estando a pija, con los bolsillos vacíos y con una arrechera desparpajada digna de los pajazos nocturnos que nos esperaban, elementos findesemaneros confabulados todos, dignos de los cucaracheros y meaderos que a lo largo y ancho de este pueblo grande, diminuta ciudad, vecindario de inmigrantes, que nos chupaban el alma.

Llegó rápido, como centella. Mi cuerpo no respondió a tiempo. Se me apagó la luz que a medias me alumbraba. Mi mente sufrió un blacaut, del que apenitas me recobro.

Y aquí estoy, escribiendo esta nota con lo que aprendí de Chui cuando en su casa me quedaba mientras me dio alojo, leyendo sus libros día tras día y semanas tras semanas mientras él trabajaba. Espero que me llame, que se entere que estoy en el centro médico y que no me atrevo a llamar a mi hermano mayor, quien agudizaría mi dolor al gritarme pendejo en la cara sin verme, sin importar que las enfermeras que me cuidan se llevaran las manos a sus bocas por el asombro si se enteraran y empezaran a tratarme con cuidados inmerecidos. Y sin importarle un pedo llamaría a los viejos para decirle lo que por su edad y achaques de salud debemos ocultarle.

Después de aquí, desde donde me vigilan los guardias en la entrada, jodedores de la mara -que conste que de las pandillas no quiero nada-, quién sabe si veré y abrazaré y hasta le echaré un polvo al Chui de nuevo. Ojalá y pueda.

Echo de menos a Chui; buen tipo él. Hace unas semanas me agaché en su carro para que no me vieran los conocidos cuando se parqueó frente al Seven Eleven, y miraban. Pero de eso hace tiempo. A él no le gustó para nada y, después de salir del parqueadero me gritó todo lo que me merecía. Nadie lo conocía en el barrio como mamaverga, pero yo como pendejo me agaché por si las moscas. Y eso le ofendió. No era para más. Desde entonces y a pesar de que no lo culpo y he tratado de ser un poco más abierto, se ha portado diferente conmigo. De seguro que la invitación a la cena la hizo más por Milo, que por mí.

Le he dado su teléfono al guardia que me vigila. También a la enfermera que hoy en la mañana me dio un peinquiler y a quien le pedí me trajera, si no era molestia, la libreta y el lapicero con el que escribo esta nota.

Lo único que sé de Milo es que estará bien, lo tienen en otro cuarto y nos comunicamos por medio de una paisano de jáusquipin. Sé que en unos días, cuando nos mejoremos, compareceremos ante un juez que de seguro nos deportará a Chinameca, sin mierda de plata en la bolsa y sin el menjurje de la buena suerte que le han confiscado.

Ojalá y Chui aparezca. Que me llame, le he pedido a diosito santo. Que de enterarse, sé que podrá ayudarnos.

Ya no me importa si Milo se desvirga con él. El jodido, si en lugar de entrar a ese bar, hubiéramos ido a las putas como le pedía, quizás no nos hubiera pasado lo que nos pasó.

Ahora viene la doctora a sacarme el vendaje del ojo golpeado.

-Dígame cuántos dedos ve -me preguntó tapándome el ojo izquierdo con la mano, antes de que se me cayera el mundo encima.

Ella y sus dedos, como su voz, invisibles a mi derecha.