sábado, julio 09, 2005

El gaydar y los tacones de charol

Salió del cuarto luciendo los tacones de charol que su madre calzaba en las fiestas de quinceañeras desvirgadas, con los labios pintarrajeados del carmín de su hermana. Se desplazó como novia exquisita escuchando la Marcha Nupcial de Mendelssonhn, luciendo el blusón de cinco y diez, que su abuela paterna, antes de morir hacía unos meses, vestía sin bragas mientras preparaba su té de jengibre antes de acostarse para soñar con el abuelo muerto que venía a calentarle las sábanas frías y a cosquillearle con el dedo índice el trasero aguado.

Así salió. Con la inocencia de quien puede contar sus años con los dedos de las manos y le sobran dedos. Me lo contó mi hermana y yo, que me lo creí todos éstos años, por aquello de que las madres, aún las irracionales, a fuerza de los primeros hipos, gateos, pasos, cagadas y meadas, y de adivinar el lenguaje ininteligible y, si nos descuidamos, los besitos con los otros, o peor, cuando jugamos hasta pararnos las pinguitas picudas sobre los huevitos arrugados, terminan, al menos eso nos hacen creer: sabiéndolo todo.

—¡Es que Gelito, salió a ti! ¿Que no me entiendes? El menos que esperaba parece que nos salió patito... ¡Tenemos que hacer algo! —me gritaba en el teléfono al relatarme entre estridencias y con lujo de detalles la última travesura/show, el primer despojo de plumas, la ópera prima de mi pequeño sobrino, el segundo y último varoncito que parió antes de concluir su rol de engendradora.

De Gelito, el primero que no se parecía a los demás, dijo así mi hermana con su coloquial desfachatez, entonces, y repito aquí y ahora: salió patito. En lugar de, como supe que dijo de mí cuando entre lloriqueos loqueros le confesé a mi madre a mis veinte y tantos, y mi madre a mi hermana minutos después, y mi hermana a su marido, y delante de los niños horas más tarde, y los niños a sus primos al otro día en la escuela, de que a mí no me gustaban las mujeres y que me había metido a pato.

Así era la cosa. Su hijo salió. Yo me metí. Como si su hijo no tuviera alternativa y yo si.

—¿Pero quécho yo para merecerme esto? Que no se entere Fabián, que tú lo conoces muy bien... Que es capaz de fugarse y venir a darle la paliza del siglo al muchachito... ¿O será que debo empezar a llamarle otra cosa? —me preguntó como asignándome las responsabilidades maternas que carecía, de nuevo, entre sollozos, antes de que yo le lanzara la repostada que su histeria demandada.

De que se calmara de una vez, le dije. De que su marido estando tras las rejas una lección o dos de patería habría aprendido, después de todo uno la metía, se la metían, o ambas cosas, no sólo salía.

Y ella, que no seas así, que cómo te atreves decir algo semejante, que macho si lo es aunque ya no lo quiera un carajo. Que machito lo sería contigo, hermanita, le contesté. Y se quedó pendeja, y mejor no preguntó qué más sabía yo de su ex.

Que era normal todo esto, creo haberle dicho a quien una vez dijo que lo mío era aberrantemente anticristiano, propio de zarrapastrosos merecedores de vejámenes satíricos y festivos en plazas de pueblos olvidados, y aunque no tanto como la muerte, me merecía un buen castigo por tan vulgar insolencia.

Que le amaran con el entusiasmo soez con que me odiaron y odiaron a los que a mí hasta ahora se han atrevido a quererme.

Que se mordiera la lengua antes de decir que era mejor tener hija puta que hijo pato o que mejor tecato y que para eso había tratamientos y si no, siempre se le podía achacar al ambiente podrido de la pobreza.

Que no lo subestimaran y humillaran. Que era cuestión de probabilidades. Que nadie tenía la culpa y menos ella.

Que el nombre correcto de su orientación sexual, escúchame hermanita para que se te clave en lo poco claro que aún queda en tu cerebrito, si es que ésa era la causa de tu quebranto, no era ni pato, ni maricón, ni faggot, ni marica, ni joto, ni nenita, ni loquita, ni bugarrón hijoeputa.

Que no se le mojaba la canoa, que no era manita quebrada, que no era del otro equipo, ni tampoco del otro lado, ni que se le caían las plumas y, que si fuera así, así como lo decía ella entre dientes para mí y, para los demás a los demás a los cuatro vientos, que la canoa era de él, y que el equipo era el que todos los que como él habían formado y que se posicionarían del lado más placentero, que para eso era el cuerpo regalado por diosito y esas manos y esos labios y esas vergas paradas y esas nalgas abiertas de par en par.

Que era su hijo. Era mi familia. Y que al final, quiérelo o no, a los hijos se les quiere igual, sin importar a quienes quieran, con quienes se acuesten despiertos o dormidos o sueñen, entre otras tantas pendejadas pensadas o sin sentido.

Santo y bueno. No me volvió a hablar más del asunto en años, hasta el otro día.

A medida que Gelito crecía con manierismos epidérmicos y ambiguos, con dramas de parpadeos abanicados, manitas quebradas de patito de barrio y un cierto aire de sofisticada distinción del niño diferente que era y que al parecer nadie más era capaz de ver, me convencía y a lo mejor incitaba a mis parientes las posibilidades de que el espectáculo que el chico diera a sus ocho años, y que motivó los desgarres siempre tan desgañitados y nunca bien silenciados de su madre y la asolapada duda de los que entonces fuimos víctimas de aquel nerviosismo de cataclismo por ella creado, no había sido enterrado muerto en el olvido, y sí resucitado vivo en el recuerdo.

Hace unos meses durante la fiesta familiar navideña, Gelito terminó fertilizando mis dudas sobre mis dudas, al decirme que una semana atrás una mujer encargada de la seguridad le advirtió mientras esperaba en la fila del baño de una discoteca, de que el antro que visitaba era frecuentado más por gays que por straights. Que de hecho, era un bar gay, si es que tal cosa existe. Me dijo que después de mear las cuatro cervezas consumidas, mirarse en el espejo de reojo y desear sacarse, allí y entonces, los vellos de más que creía se le echaban de ver en sus cejas hace días acicaladas, y mirarse de perfil para arreglarse la camiseta ajustada sobre su pecho de su cultivada musculatura se fue con su novia garbosa a otro bar derecho avenida abajo, dónde el look de ambos era la norma.

No comenté a mi hermana el incidente confesado por su hijo, hasta hoy, después que Roberto, el hijo mayor de mi hermana, el que le llevaba tres años a Gelito, aprovechando la fiesta del día de padres al que su padre que recién había salido de la cárcel, no faltaba más, no había sido invitado, y celebrada en New Jersey, lechón asado y arroz con gandules incluido, a la que concurrí a regañadientes con mi hermanita quien temía manejar por autopistas por largas horas, les presentó a todos su nuevo amor: Jon.

Sí, Jon, así como en Jonathan.

Me creí mierda y oro a la vez. Entre todos los asistentes de la parranda, fui yo quien me sentí más ignorante que todos al escuchar durante una contemplación estupefacta seguida de vítores y aplausos de la gente que celebraban el descloseteo público que otrora causaría vergüenza del pueblo entero.

Mi sobrino, el desconocido, freak de gimnasios, adorador de imágenes davidescas, idolatrador de machos cabríos, al que nunca lo fijé en mi radar, quizás, ahora creo, por no verme reflejado en él, a quien no llegué a conocer cuando crecía por estar pendiente de las señales ilusamente estereotípicas que enviaba el Gelito, me dejó perplejo.

Ahora mi hermana me repetía la misma cantaleta hasta partirme el cráneo en dos sesos mientras bajaba conduciendo la cuesta culillesca hacia el Verrazano Bridge, que mi sobrinito Gelito, el que todavía a saber por qué mierdas aún lo chiqueteo a sus veintitantos y que después de tanto tiempo todavía, ella insistía, se parecía y hasta actuaba como su tío, yo, y un hasta aquí las semejanzas le grité, había preñado a su novia de trece meses y que la boda de ellos sería la mejor, a la que me invitaba, la primera de un sobrino, si es que Roberto y Jon no se le adelantaban y daban su cacareado viajecito a Boston.
Salí del cuarto con las botas de obrero que mi padre, cuando estaba con nosotros, calzaba a diario. Con los labios pintados con el pintalabios que mi hermana comenzó a usar cada viernes en la noche desde que cumplió dieciocho. Salí con la bata que mi madre vestía sin pantaletas, dibujándose en contraluz fogonera mientras derretía el chocolate Cortés antes de acostarse a soñar con su marido emigrado a California y a quien se imaginaba visitándola cada noche, colándose entre las sábanas frías para calentarle el culo caliente y sudoroso con su erecta y encapuchada pinga.
Fueron mis primeras señales, muchos años antes que con la fe de quien puede decir soy quien soy sin temor a equivocarse, le dije a mi vieja que me había encontrado .

—¡Baja la velocidad, carajo! —me dijo mi hermana mientras le conducía su vehículo por el Belt Parkway a ochenta MPH —Que ya no estamos en New Jersey, que aquí el radar de la policía, contrario al tuyo, sigue funcionando.

0 Comments:

Publicar un comentario

Links to this post:

Crear un enlace

<< Home