sábado, julio 23, 2005

Manipulando perfiles

No se aparta de mí la vez que el policía me encontró subiendo a mi carro en el solar abandonado un poco más allá de la estación del tren donde fui a reunirme con algunos voluntarios deambulantes que por allí transitan, conviven, duermen y a saber qué más hacen en su mundo tan cerca y tan distante.

Parecía esperarme. Me pidió los documentos de identificación, interrogándome con un desparpajo suficiente para obliterar de mi mente su obvia guapura. Que qué putas hacía yo, me dijo el prepotente, luego de chequear mis datos con la computadora matriz, hacía un tipo de tan buena presencia, con carro del año y licencia de conductor limpia, arriesgando su seguridad personal por tan oscuro paraje. Le dije que estaba investigando un trabajo, y él que mi carné de prensa había caducado unos días antes, como si yo no lo anticipara al mostrárselo y no fuera capaz de adivinar su reacción. Satisfecho de que no extendió el interrogatorio más allá de lo necesario ni llamó refuerzos, me alejé, con un encabronamiento que me duró días.

Una semana después lo vi viéndome desde un teléfono público, cuando salía de la bodega con un paquete de seis bajo el brazo. No bien había cruzado la calle, detiene tempestivo su carro patrulla, se baja ligero y me bloquea el paso en la vereda de la plaza central, espacio verde y manicurado que nadie visita desde que el alcalde hizo remover los bancos.

Es que no conforme con las razones que le di para estar allá aquella noche, quería interrogarme de nuevo, obviamente insatisfecho con mis respuestas.

Que dos individuos hispanos, me dijo, uno que no sabía inglés - mi conexión con la comunidad de desamparados, aparentemente -, y otro que sabía buen inglés - yo, supuestamente -, habían sido vistos huir del lugar justo antes de que una muchacha fuera violada sexualmente en los derredores del solar abandonado. Que un joven desamparado a quien yo había entrevistado le había dicho que yo era, y así dijo extendiendo con énfasis elástico silábico: ho...mo...sex...ual. Que se me notaban a leguas mis intenciones, que el brazalete colombiano de hilos de colores que lucía en mi muñeca izquierda como mi diamante en el lóbulo de mi oreja derecha eran muestras de a saber qué diablos, y que aquella noche y según el otro entrevistado yo había estado de cruising.

Su verborrea diarreica que amenazaba llegar a la cúspide de los robles y los abetos, no fue lo suficiente para intimidarme.

Y le contesté que primero que todo oficial, ¿cómo se llama usted?

Y él, ocultando su número de chapa acariciando el botón de su radio en su hombro izquierdo, me dice que el súper del edificio donde dije vivir no me conoce.

Y yo, que si no vivo donde vivo, ¿dónde carajo vivo, según usted oficial sin nombre o número, y el súper que desconoce quién vive en los edificios que administra? ¿Que no corroboró mi dirección con Motores y Vehículos? Y aparte, ¿qué tiene que ver todo esto con sus interrogaciones that don´t make any sense?

Que necesito su nombre y número de placa antes de continuar.

Bajó el brazo con un leve temblor en la mano. Y me dijo oficial Ramírez y yo memoricé el número, ahora al descubierto.

Ahora que ya sé con quien hablo, oficial Ramírez, le diré lo siguiente para que se le quede bien claro: soy ciudadano norteamericano, pagador de impuestos, trabajador en un deli italiano de Long Beach, periodista free-lance, vivo en el lugar donde vivo, y ya que lo menciona, sí soy gay como muchos y si tiene razones para seguir interrogándome en público le sugiero que se apresure y me las dé porque no me interesa seguir perdiendo el tiempo con un oficial policíaco tan raro como usted.

Que necesito su teléfono, por si a los detectives que investigan la violación les interesa comunicarse con usted. Usted sabe, por si vio algo sospechoso. No que fuera usted el perpetrador del crimen... Aquí no supe si el ustearme fue señal de respeto o de estrategia manualizada, recuerdo de alguna lección de la academia.

Y yo, si eso es lo que quiere, ¿por qué tanto rodeo? ¿Por qué menciona mi orientación sexual, que nada tiene que ver con el ejercicio de mi trabajo, ni con el suyo espero, ni las condiciones infrahumanas en la que viven tantos desamparados en el pueblo?

Y por ahí seguimos, sin nada de flojeras ni aires disculposos.

Regresé a casa con un taco en la garganta que no pude desahogar hasta cuando vomité esta nota o alguna similar y se la envié vía email al editor, quien casi me llama mentiroso, que el tema era muy comprometedor y que era mejor no publicar nada por el momento. En su lugar, leí más tarde, redactó unas líneas basadas en el parte de prensa oficial, y mutiló la nota que sobre la búsqueda de los violadores de la estación del tren, había publicado otro periódico, y la firmó con el seudónimo de siempre.

Redacté una querella oficial contra Ramírez que no sometería hasta una tercera interrogación, que me propuse sería la última. No pasó de la segunda. Nadie vistiendo uniforme ni con pinta de agente encubierto me detuvo, me llamó, ni rondó el edificio, ni tocó a mi puerta.

Semanas después me enteré que el oficial novato había sido suspendido del cargo. Aparente abuso de autoridad, manipulación de evidencias contra detenidos, acoso sexual de menores y apropiación ilegal, justificaban una investigación interna. El fiscal de distrito iniciaría la suya.

Yo no volví a llegar por el solar refugio de desamparados ni a enviarle notas al editor, quien insistía en que escribiera mis impresiones sobre Ramírez, con exclusividad, que ya arreglaría con el dueño para que me pagara lo que me debía.

—No gracias, —le dije —ahora me entretengo escribiendo historias imaginadas sobre policías, políticos y periodistas corruptos.

0 Comments:

Publicar un comentario

Links to this post:

Crear un enlace

<< Home