jueves, julio 14, 2005

¿Por qué no sales esta noche?


A mi regreso de La Cotorra no pude conciliar el sueño. No por haberme dado unos tragos de más o de menos, sino porque me la pasé cavilando en torno a mi visita anterior a Eric y a la que le prometí para el día siguiente, éste que apenas empezaba. Aunque él mismo me convenció de que tenía que hacer algo cabrón y divergente para despejar mis demonios rutinarios, el tono de su voz me hizo sentir, no sé, quizás culpable.

-¿Por qué no sales esta noche? Necesitas un poco de diversión... No te preocupes por mí. El hospital es el mejor lugar cuando se está enfermo -me dijo ayer al concluir la hora de visita por mí dilatada hasta que la enfermera me pidió, debo decir, me obligó salir.

Y luego, mientras yo contaba los minutos que me tardé del hospital a mi piso, me llamó para inyectarme el entusiasmo que necesitaba al anochecer.

Hemos sido amigos por muchos años, pero cuando supe lo de su enfermedad casi me desplomo al suelo, se me cayó el mundo encima y me creí más amigo. Fue él quien sacando fuerzas de donde no las tenía, me las prestó para juntos enfrentarnos al vil mal que poco a poco iría consumiendo irremediablemente su vida y carcomiendo terriblemente la mía.

Y es que cuando a uno lo golpeaban las crisis efímeras, ahí estaba el otro para ser el seguro compartidor de bondades y bienes y alegrías, o el paño de lágrimas que al final producía de la nada del desespero, soluciones espontáneas, ocurrentes.

No es que seamos amantes o nada semejeante. Verán: es que casi siempre íbamos juntos a los antros. Los que no nos conocían del todo bien, juraban en cotilleos secretivos que en cadena reaccionaban alimentándose hasta convertirse en el chisme fácil y novedoso, de que entre nosotros había mucho más que amistad.

Hasta se quedaba en casa durmiendo en mi cama y yo en el sofá cama cuando nos sorprendía el alba en duermevela dos o tres estaciones ferroviarias más allá de nuestro destino y nos regresábamos con mucho más sueño que el que traíamos antes. Y más tarde él se levantaba a levantarme con los olores y sabores logrados con su alquimia culinaria.

Total, que anoche me animé a salir y me divertí un rato bailando solo bajo la bola discotequera, con alguien que con pectorales desnudos y sudados en los espejos en contubernio narcisist, poca atención me prestaba después de convidarme. Mucho gusto me dijo sin decir su nombre después que me le presenté. El DJ fusionaba dance con salsa, hip hop y reggaetón, tan fácil como cambiarse de calzoncillos, hasta que se interpuso entre aquel adonis gimnástico y yo, Óscar, con quien ya había tenido un par de encuentros casuales, sensuales, y por qué no decirlo, sexuales.

Juro que no sabía lo de su relación y me agüevé cuando lo supe, al punto que hasta el día de hoy no se lo he comentado. A Eric, por supuesto. Estoy hablando de tres o cuatro años atrás, cuando dejé de verle a menudo y cuando sucedía, siempre estaba acompañado de Óscar.

Parecían felices, concluí, después de un par de días amargos que terminaron endulzándome de gozo. Después de todo, ¿quién era yo para interferir en su ventura?

Y es que Eric es uno de esos que nacieron para estar acompañados, rodeados de gente, bullicioso y jacarandoso como el que más, enemigo acérrimo de la soledad. En La Cotorra, las veces que los tipos no le hacían ruedo mientras bailaba, eran veces nocturnas vacías. Como se alimentaba de las multitudes y respiraba de sus aires, pudo haber sido un gran artista.

Tocaba nalgas firmes adrede y en los orinales chequeaba de frente y abajo al vecino. Las miradas asolapadas no habían sido inventadas para él. En los desfiles veraniegos la confusión de multitudes no lo confundía. Tenía su radar bien enfocado. Era el primero en iniciar el jolgorio y el último en terminarlo. Era todo lo que yo nunca me atreví ser.

Por eso lo visito cada día desde que fue recluido.

Y si voy a llegar tarde, lo llamo.

A veces me cuenta de que tal o cual se acordó de él, y me muestra muchas tarjetas firmadas con deseos de pronta recuperación, con nombres de amistades que ni conozco y si los conozco, no me recuerdo de sus nombres, ni las situaciones comunes, encontradas. Y le digo que sí, que qué bonito que se acuerdan.

Anoche Óscar ni siquiera me preguntó por Eric, aunque por lol menos me saludó de lejos.

Ellos rompieron precisamente cuando Eric necesitaba más, aunque sé y tengo que reconocer, que a principio lo visitó un par de veces, aunque no coincidimos.

Mis intentos de anoche por hacer un aparte para ponerle al día sobre la condición de su ex fueron inútiles: siempre interrumpidos por su nuevo acompañante, un bicho vivaracho mucho más joven que él, que Eric, que yo. Un huracán de sudores en la pista de baile y un pulpo estrangulador fuera de ella, a quien no le soltaba ni pie ni pisada ni para comprar una cerveza más o para ir a orinarla.

Parece que Eric se nos va: a él, a mí y a todos.

Nunca le he confesado que estuve con Óscar. Él siempre ha creído que la abrupta ruptura de ambos fue culpa propia. Eric no lo sabe. No, no lo sabe ni he tenido el coraje ni los cojones para decirle, que quien salió aquella noche con Óscar y otras noches no confesadas, fui yo.

Es que lo veo así tan acabado, tan al borde, que no quiero acelerar su fuga con una emoción inesperada.

No creo haber pegado los ojos por más de dos horas. Bañé mi cuerpo fatigado, me eché gotas de Visine para aclarar mis ojos rojos y pulí con crema exfoliante mi cara demacrada.

Como es domingo le compré The New York Times, asegurándome que incluyera The Book Magazine, unas chocolatinas Hersheys con almendras que le gustan tanto, y un ramo de flores amarillas de desconocido nombre y que al llegar puse en el jarrón que ocupaban los marchitas de la semana pasada, con agua fresca que me ofreció Mariela, la asistente de enfermería cuya presencia de turno esa mañana me reconfortó. Ella se encarga de cambiar el agua al jarrón y de botar las marchitas flores cuando llegan nuevas, y de lavar las sensitivas partes impúdicas de Eric, entre muchas otras cosas que hacen del multitasking una faena casera. De mantenerlo cómodo mientras avanza en su vagar sin freno por la última curva.

-¿Cómo ha estado? -le pregunté, mientras escuchaba su roncar con debilidad irreconocida.
-Lo desperté para el desayuno, le tomé la temperatura y después, como pude hice que tomara avena con miel de maple, una tostada bien tostada y jugo de naranja. Luego de bañarlo, que hoy le toca, quiso que lo dejara en la cama, contrario a las órdenes de la enfermera de cabecera que pide que lo siente, que lo haga caminar, que lo ejercite... Ha dormido un par de horas.
-¿Qué dicen los médicos?
-Don Javier: eso va a tener que preguntárselo a Carol, la enfermera.

-o-
Después de hacer el amor por segunda vez, Mario siente otro tipo de hambre. Pasamos por la Pequeña Colombia, nos comimos un recalentado y nos despedimos: él por su lado, yo por el mío. Luego pienso en Javier y en lo mucho que me pudo decir anoche y no dijo, quizás porque yo no le pregunté, quizás porque él no se atrevió decirme, como la primera vez que nos conocimos, cuando yo ya llevaba varios años conviviendo felizmente con Eric. Total, que voy hasta el hospital, después de comprarle un ramo de claveles rojos y unos dulces Almond Joy, combinación de chocolate con coco, que sé le gustan tanto. Casi al salir de la tienda, agarro el último sofcover de vampiros de Anne Rice. Cuando llego a su cuarto, está dormido, roncando con la debilidad con que roncaba cuando parecía no hacerlo y yo lo miraba reflejado en el espejo de la pared.
-0-

Me da pena con Javi. Desde que fui admitido al hospital ha venido todos los días y cuando va a tardarse llama a la estación de enfermería para que me digan que ya llega.

A veces me despierto cuando una mano tibia acaricia la mía y mis ojos apagados se encuentran con los suyos, tan vidriosos como me imagino están los míos, como si nunca se hubiera ido desde que me trajo aquí a saber cuántas semanas atrás.

Pero ayer, creo que fue ayer, fue el colmo, casi le reclamo, le exijo que saliera, que me abandonara, que se divirtiera, que no se preocupara tanto por mí, que para eso estaba el personal del hospital, para hacer confortable mi vida, o lo que me queda de ella.

No es que seamos amantes ni ocho cuartos. Somos buenos amigos. Recuerdo que cuando salíamos juntos a los bares, todos pensaban que lo éramos.

-Ni que fuera lesbiana -le espetaba con picardía a quien osaba comentarlo. Y todos carcajeábamos, como si el suyo fuera un chiste nuevo.

Eso sí, siempre quería bailar conmigo primero, antes que los demás me hicieran rueda.

Ahora, dos manos recordadas, la una tosca y la otra suave, me fuerzan a entreabrir los ojos. Ahí está Oscar con su sonrisa de siempre. También Javi, radiante. Y aquí estoy yo en un triángulo de manos agarradas.

En la repisa de la ventana junto a un cristal lagrimoso, hay un jarrón con apretadas flores amarillas y rojas, al lado de dulces que no probé, y páginas que no leí.

-Que sean felices -alcanzo a decirles antes de cerrar los ojos para siempre.

Ninguno sabe lo que me llevo, pero ya sabrán lo que les dejo.

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