viernes, julio 01, 2005

Tuertas Confesiones




(A O. M.)

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Cuando los abrí, el mundo a mi derecha había desaparecido. Quise agarrarme del poste que estaba ahí un segundo atrás y mis manos sólo se alzaron para palparme la cara sangrante. Caí de bruces y a ras de acera vi a mi izquierda a mi hermano un bloque más abajo. Parecía un lobo feroz abalanzándose sobre ellos. Nadie gritaba, o sí, pero no los escuchaba: mi vista forzada me bloqueba el oído.

El golpe de las luces de la ambulancia me hizo llorar, por un ojo lágrimas, por lo que quedaba del otro, sangre, como no me hizo llorar el que me demolió, no por mí - ya habría tiempo para consolarme - y sí por Milo, el menor de los cuatro. El que había llegado por estos rumbos casi cinco años después que yo y para celebrar su primer pago en su primera semana de trabajo, lo llevé hasta Hempstead esa madrugada, ignorando la advertencia de Chui, con quien habíamos celebrado a saber qué cosa horas antes, con comida casera a seis manos y a seis ojos. Chui: sus bistés con móshrums. Yo: el arroz catracho con chiles y cebollas. Milo lavó los platos después de nuestra última cena donde Chui, antes que yo saliera a la bodega a buscar otro seis, por tercera vez. Milo llevaba en su bolsillo derecho, como siempre desde que llegó a Nueva York, el bulto objeto de bromas de quien lo conocía. Chui le preguntó esa noche si la parazón que le forzaba el jean era permanente. El se sonrojó. No dijo nada. Sólo se acarició el menjurje hechizado anudado en un pañuelo que para la buena suerte le había preparado en Chinameca una vieja amiga de la familia y del que juró no separarse nunca hasta regresar, sano y salvo, menos niño y con más plata.

—¡Nohombre! ¿Cómo se le ocurre? ¿Qué van a hacer en Hempstead a estas horas? Mejor quédense, pasen la noche aquí. Abro el sofá cama y ya... —nos reclamó Chui antes de que saliéramos con la visión nublada con arrechos de medianoche.

—No, es que quiero llevar a Milo a las putas, que está virguito... —le dije en voz baja, aprovechando que el cipote estaba en el baño, de seguro para pelarse la verga y lavársele con Dial una vez más, o refrescarse con colonia ajena o enjuagarse la boca con los dedos. O las tres cosas. Lo que no le dije a Chui ni me atrevería a decirle nunca fue lo que pensé, y esto lo recuerdo muy bien: que temía que Milo se iniciara con un joto como él, como me inicié yo; pecado imperdonable por diosito santo y conjuro de mala suerte que he cargado desde que le conocí y me convenció con su labia de hijoeputa para pasar noches largas junto a él, en eyaculados arrebatos que disfrutaba primero e intentaba lavar después, como si con ello los borrara de mi mente.

—Para mí, lo mejor es que no salgan. Es tarde, es sábado en la noche y la calle está llena de malandrines... —o maleantes, o mareros, o gente así, creo haberle escuchado decir.

Y yo, que no se preocupe Chui, que ya me conozco la calle, que aparte lo hago por el chamaco, ya sabe usté, o qué puta va a saber si nunca se ha tirado a una, pensé callado, o quizás le dije, no recuerdo.

Nos fuimos con el acostumbrado cuídense de Chui zumbando como avispa en las orejas y agarramos el último bus de media noche, para ahorrar, que el taxi es caro. Y entramos al Latin Palace después de pagar entrada y pedimos un vino blanco, que no sé hasta el día de hoy por qué tenía que serlo, para él, y una Corona, otra más, para mí. Y la chica que nos atendió le pelaba el diente de oro al Milo y se inclinaba al servir así como adrede frente a él, para que le viera las tetas adiposas, mientras a mí me daba la espalda rolliza, como si Milo fuera más guapo que yo. No sé, pero si nos pusieran los dos en pelota y a ella a escoger, quién sabe si lo escogería igual. Que le llamaban, todavía lo llaman pues de aquello no ha perdido ni un milímetro, El Burro, al Milo, no por lo bruto y sí por lo vergón. A sus catorce años, y ya íban seis, impresionaba hasta a los más viejos, mejor dicho, los que le llevábamos un par de años y que la hubiéramos querido tener tan cabezona como él, cuando nos pajeabamos en el río. Si ella iba a escoger, pues ni modo, total, que yo tenía a Chui cada vez que quería y no se enojaba y a mí ya me empezaba a valer verga el pensar en los pecados de una iglesia a la que no iba desde que me obligaron a hacer la primera comunión.

En una mesa contigua a la nuestra, había un chamaco, con bozo de cipote, que con la sonrisa perfecta se me antojaba deseable y por eso nos saludamos en silencio al sentarnos y hasta nos miramos un par de veces, como el que no quiere la cosa. Y luego, cuando él dibujaba círculos suaves con el índice en la boca de la botella, yo, aprovechando que Milo miraba a la tetona, le piqué una guiñada que me contestó mojándose los labios con la lengua.

Al otro, que estuvo siempre de espaldas y que, asumo, era su amigo, no le hubiera adivinado el rostro aunque estuviera en juego mi vida, pues nunca se volteó a mirarnos, ni nunca sacó su cabeza del suéter de capucha que le zocaba como prepucio encogido. Ambos consumieron Coronas con limón y sal como si no hubiera algo más qué pedir. La mesera adivinaba en la distancia los pedidos, inpulzada por las propinas ofrecidas a cada servicio, que para eso teníamos pisto, en lugar de al final como cuando se termina de comer, cosa que aquí no se hace. En el Latin Palace sólo hay aperitivos para culeadas.

Cuando pareció que Milo no podía conquistar a la tetona, que terminó prestándole más atención a un tipo maduro que le tocaba por mujeres como tú hay hombres como yo pegadito a la vitrola, y a mí ya no me interesaba ver al chamaco jugar con la botella, salimos del lugar. Milo me confirmó horas después que éllos, los tipos de la mesa de al lado, nos siguieron. Nada raro a las tres de la mañana estando a pija, con los bolsillos vacíos y con una arrechera desparpajada digna de los pajazos nocturnos que nos esperaban, elementos findesemaneros confabulados todos, dignos de los cucaracheros y meaderos que a lo largo y ancho de este pueblo grande, diminuta ciudad, vecindario de inmigrantes, que nos chupaban el alma.

Llegó rápido, como centella. Mi cuerpo no respondió a tiempo. Se me apagó la luz que a medias me alumbraba. Mi mente sufrió un blacaut, del que apenitas me recobro.

Y aquí estoy, escribiendo esta nota con lo que aprendí de Chui cuando en su casa me quedaba mientras me dio alojo, leyendo sus libros día tras día y semanas tras semanas mientras él trabajaba. Espero que me llame, que se entere que estoy en el centro médico y que no me atrevo a llamar a mi hermano mayor, quien agudizaría mi dolor al gritarme pendejo en la cara sin verme, sin importar que las enfermeras que me cuidan se llevaran las manos a sus bocas por el asombro si se enteraran y empezaran a tratarme con cuidados inmerecidos. Y sin importarle un pedo llamaría a los viejos para decirle lo que por su edad y achaques de salud debemos ocultarle.

Después de aquí, desde donde me vigilan los guardias en la entrada, jodedores de la mara -que conste que de las pandillas no quiero nada-, quién sabe si veré y abrazaré y hasta le echaré un polvo al Chui de nuevo. Ojalá y pueda.

Echo de menos a Chui; buen tipo él. Hace unas semanas me agaché en su carro para que no me vieran los conocidos cuando se parqueó frente al Seven Eleven, y miraban. Pero de eso hace tiempo. A él no le gustó para nada y, después de salir del parqueadero me gritó todo lo que me merecía. Nadie lo conocía en el barrio como mamaverga, pero yo como pendejo me agaché por si las moscas. Y eso le ofendió. No era para más. Desde entonces y a pesar de que no lo culpo y he tratado de ser un poco más abierto, se ha portado diferente conmigo. De seguro que la invitación a la cena la hizo más por Milo, que por mí.

Le he dado su teléfono al guardia que me vigila. También a la enfermera que hoy en la mañana me dio un peinquiler y a quien le pedí me trajera, si no era molestia, la libreta y el lapicero con el que escribo esta nota.

Lo único que sé de Milo es que estará bien, lo tienen en otro cuarto y nos comunicamos por medio de una paisano de jáusquipin. Sé que en unos días, cuando nos mejoremos, compareceremos ante un juez que de seguro nos deportará a Chinameca, sin mierda de plata en la bolsa y sin el menjurje de la buena suerte que le han confiscado.

Ojalá y Chui aparezca. Que me llame, le he pedido a diosito santo. Que de enterarse, sé que podrá ayudarnos.

Ya no me importa si Milo se desvirga con él. El jodido, si en lugar de entrar a ese bar, hubiéramos ido a las putas como le pedía, quizás no nos hubiera pasado lo que nos pasó.

Ahora viene la doctora a sacarme el vendaje del ojo golpeado.

-Dígame cuántos dedos ve -me preguntó tapándome el ojo izquierdo con la mano, antes de que se me cayera el mundo encima.

Ella y sus dedos, como su voz, invisibles a mi derecha.

0 Comments:

Publicar un comentario

Links to this post:

Crear un enlace

<< Home