jueves, agosto 18, 2005

Encrucijadas simétricas (o las lecciones de lucha libre)



De pie, de sopetón, inesperada. Una zancadilla derribó al que se agarraba entrecruzando sus dedos alrededor de la cintura resbalosa del otro.

En el piso, casi violentos, alternaron estudiadas volteretas, quemándose codos, rodillas, pechos y nalgas en la lija gramera.

Una full-nelson paralizó al otro quien le devolvió el castigo al cruzar sus piernas sobre la nuca de su oponente en tijera casi casi, pero nunca estranguladora.

El castigado, que no se sentía tal, lo imitó. Era lo que esperaban.

En sendas encrucijadas simétricas, sus cuerpos dudaron sobre el próximo movimiento, sobre la llave recién aprendida en la tele, sobre el camino a tomar en la lidia.

Se paralizaron.

Se olieron sus entrepiernas un largo y delicioso rato, suficiente para impulsar chorros sanguíneos para quemarles las ingles, hasta que la mamá de uno les gritó, despertándoles del sopor sudoroso, desde el balcón del tercer piso de caserío público, que qué carajos hacían marditos muchachos.

Estamos jugando, mami, le gritó su hijo.

Y el que no era su hijo, se dijo en silencio: ya me jodí con la mardita vieja.

Ese día se separaron sin querer, creyendo que lo que hacían era fruto prohibido, cosa de no hacer, como el tocar con los ojos y ver con las manos que les inyectaron en sus mentes sus abuelos y después: parientes y vecinos.

Al resumir sus prácticas, en su versión adolescente de lo visto y oído en los shows de la World Wrestling Federation, transmitidos por el cable robado al vecino, muchos atardeceres después del grito materno enbalconado y al terminar la escuela, volvieron a ser interpelados por las vecinas chillonas.

Ojo, se dijo uno, aquí son ellas quienes gritan, quienes gesticulan en alarma vecinal con alardes universales.

Ellos, por su parte, pensó agradecido el otro, nos animan, nos entusiasman, nos estimulan, y hasta nos sugieren y muestran con morisquetas las llaves y vueltas y zafones y trucos y posiciones que asumen y presumen nos gustan tanto como yo asumo les gustarían a ellos si fueran los revolcados y sudados sobre el césped.

Y con tanto coitus interruptus que les interrumpía su conectividad sensual, se animaron a practicar solos sobre la yerba pangola en la vega del río, donde ni las madres chillonas ni las bochincheras del barrio ni los altaneros y bulliciosos hombres a quienes, a decir por sus sonoras carcajadas y dramáticos jadeos, les complacían aquellas sexuadas posiciones y que copiarían y practicarían entrada la noche con sus parejas, interrumpirían sus ensayos.

En la guardarraya de la juventud y la adultez se dislocaron. Y así como así, no volvieron a verse hasta el sol de hoy: diez años después.

Uno llegó a ser luchador. El otro, diseñador.

Corpulentos y guapos, recordando sendos olores entrepiernosos que de chicos les dispararon sus vidas hacia senderos de insospechados encuentros, supieron, que el juego recordado ya no era: ésta vez lo tantas veces ensayado, se iría y se vendría en serio.

Estaban listos. Sabían que se habían amaestrado lo suficiente.

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